9 de octubre, 2019

¿QUIÉN ES ESA CHICA?

A veces, la mayoría de las veces, vivimos a mil y no nos damos cuenta lo que hacemos ni lo que tenemos. A veces, nos detenemos cinco minutos a pensar donde estamos y qué es lo que hacemos, sobre todo cuando una noticia como la de Lidia Arias sale a la luz. ¿Quién es Lidia Arias? Les adelantamos, una mujer de trabajo, que trabajó de albañil y que al ser sumotori representa al país en el Mundial de Sumo que empieza esta semana en Japón. Tuvo cuatro trabajos para costear su entrenamiento y el viaje. Y entrenó en el Polideportivo del Parque Chacabuco, de acceso gratuito y libre para toda la comunidad.

Lidia Arias se aleja del prototipo que exportó Japón: hombres obesos con reputación de reyes, que agotan entradas y sus peleas son televisadas a todo el país. En la Argentina, el sumo es amateur y el tamaño no importa (tanto).

Antes fue judoca y estuvo en la selección junto a Paula Pareto. Ahora se enfocó en esta disciplina milenaria e hizo de todo para cumplir su sueño. De Ingeniero Budge a Osaka, sin escalas. Mirá cómo pelea.

«Vos necesitás un obrero y yo necesito trabajar», le dijo Lidia Arias a su papá. Se lo dijo sentada a la mesa, un día de verano. Durante años se lo había repetido siguiéndolo por los ambientes de la casa: una estructura de dos pisos, varias habitaciones, un local con vidriera a la calle y una terraza que da a otras construcciones. Desde ese punto se ve el corazón de Ingeniero Budge y sus casas con o sin revoque. Algunas están preparadas para crecer en altura y otras siguen a la espera de mejoras, con bolsas de cemento o pilas de mosaicos apilados en un rincón.

En esa casa humilde pero fuerte, hecha por un albañil que construye en countries -como ocurre con la de al lado, enfrente y muchas otras-, Lidia le pidió mil veces trabajar juntos. Pero él siempre contestaba que no. Hasta un día de febrero de 2019, cuando por fin le preguntó si quería y ella le respondió que los dos se necesitaban.

Sabino, su papá, precisaba un ayudante para terminar una obra en Villa Lugano. Lidia estaba urgida de plata. El peso argentino se devaluaba, sus ahorros de toda la vida cada vez representaban menos y ella necesitaba un ingreso más para costear su viaje al Mundial de sumo en Japón.

Ya no era suficiente trabajar en el local de venta de sábanas, acolchados y toallas que su mamá montó en la casa. Ni alcanzaba con ser profesora de sumo en las colonias de verano del Gobierno porteño. O intentar cubrir el déficit con la venta de los productos de su mamá en un puesto alquilado en la feria de La Salada. Precisaba un cuarto trabajo: en la obra, como ayudante, con su papá albañil y sus hermanos.

«Yo tengo la fuerza y para mí es un entrenamiento», le dijo a su papá que todavía no se convencía.

Lidia es la única hija entre siete hermanos. Para que Sabino la considerara opción, primero, debieron ablandarlo sus otros hijos, quienes le recordaron que en la obra no paraban de pasar hombres que daban parte de enfermos y ya no volvían.

«Para mi papá, verme ahí, era algo que no podía ser. Creo que él esperaba otra cosa de mí». Lidia se queda callada. Es un sábado de agosto, faltan dos meses para el Mundial y ella está en su habitación. Hay una cama, una repisa de la que cuelgan medallas y una computadora de escritorio, con más de 10 años de antigüedad. Apoyado en el suelo está su bolso de competición. «Capaz mi papá imaginaba trabajos más de sentada, tipo secretaria o maestra», dice, sin reparar que en ese mismo momento está sentada. «En la obra no quería a su hija mujer. Pero yo siempre renegué de eso. No porque sea mujer no puedo hacerlo».

Durante dos meses, de lunes a sábado, de 8 a 18, picó paredes, cargó ladrillos y levantó bolsas de cemento y arena: una en cada hombro, en series y haciendo sentadillas. Un día levantó una pared.

Lo hizo en simultáneo a su entrenamiento profesional en el Club Atlético Lanús, el Polideportivo de Parque Chacabuco y el Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (CeNARD). Tampoco abandonó sus otros tres trabajos.

«Todo lo usé como ejercicio. En un momento se rompió la mezcladora y me tocó mezclar en forma manual. Mi profesor dice que gané mucha fuerza haciendo ese ejercicio. Además mejoré mi postura. No podés arquear la espalda al poner el cemento o la cal en el balde. Si lo hacés, te lastimás», explica y es imposible no imaginarla como una Rocky Balboa aprovechando la escenografía que la rodea para alcanzar un objetivo.

Pero no todo fue beneficio: «Me quedaron resentidos los dedos gordos de agarrar tanto ladrillo y picar pared». Para evitar que le molesten o que las articulaciones se lastimen aún más, se los venda. Muchas veces lo hace arriba del colectivo, mientras los paisajes le pasan de costado.

Cuando acompaña a su papá al médico, tienen una hora de viaje y la aprovecha: toma una cinta, la hace girar y la pega en sus dedos. Sabino la mira.

«¿Te duele?», le dice. Ella le responde que sí con la cabeza.

«¿Desde cuando te duele?», le insiste.

«Es prevención, para evitar que se agrave», dice ella.

En su habitación, sin que la escuche, agrega: «Pienso que él siempre se negó a que trabaje en la obra, o todavía no comprende del todo lo que hago, porque soy la única mujer y le preocupa que me puedan lastimar».

La mujer cuyo padre teme que la lastimen tiene 37 años, es sumotori y judoca. Deportista de alto rendimiento.

Tres nombres y dos apellidos

Lidia Soledad Celina Arias Aceituno mide un metro y medio, pesa 78 kilos y es la única en el salón capaz de tumbar al que se le ocurra en segundos.

Está parada en los bordes del dohyō, el ring circular donde se desarrolla el combate de sumo. En Japón, es de tierra alisada, pero acá, dentro del Parque Chacabuco, en un polideportivo ubicado debajo de la autopista 25 de Mayo, es azul, de plástico y desmontable.

A su alrededor, en un diámetro de 4,55 metros, hay una mujer larga de rasgos orientales, otra occidental y grandota, un hombre panzón y otro más flaco y musculoso: es el sensei (profesor) Sebastián Videla.

Todos -Lidia incluida- se alejan bastante del prototipo que exportó Japón: hombres obesos con reputación de reyes, que agotan entradas y sus peleas son televisadas a todo el país. En la Argentina, el sumo es amateur y el tamaño no es lo único que importa.

Lidia golpea las manos y deja caer el peso de su cuerpo sobre una pierna, primero, y sobre la otra, después. Es un movimiento lento y repetido, que el resto también imita. En la fortaleza de las piernas y la cadera está una de las claves de la disciplina.

«Yo confío mucho en mi fuerza de brazos y piernas. Pero dejo de lado la parte abdominal y eso puede derivar en una lesión. Por eso, estoy entrenando para sacar una pelvis y un abdomen fuertes», dirá después, con la trenza que lleva como peinado más desordenada y la frente brillosa por la transpiración. Pero ahora, mientras balancea el cuerpo, está prolija.

Lleva una remera negra y unas calzas similares a las de un ciclista y, sobre eso, el mawashi (el pañal). Es una faja de siete metros de largo y uno de ancho. Se dobla en cuatro partes, con una técnica que debe ser bien ejecutada para que no quede floja. Pesa cinco kilos y de acuerdo a la tradición, usarla es un código de lucha: prueba que quien pelea está desprovisto de armas.

En el Polideportivo de Parque Chacabuco, el mawashi no funciona como barrera ante la desnudez. Ninguno lo lleva entre las nalgas, sino sobre la calza, tanto hombres como mujeres. Si fuese sumo profesional japonés, ellas no podrían luchar: su presencia está prohibida en el dohyō al considerarlas «impuras» por menstruar.

Mientras la Asociación de Sumo de Japón todavía evalúa si cambiará la política «sólo para hombres», Lidia ya piensa en Osaka, Japón, donde entre el viernes y el domingo se disputará el Mundial organizado por la Federación Internacional de Sumo, que sí contempla a mujeres.

En el área femenina, las rusas, ucranianas, mongolesas y brasileñas son las que más se destacan, pero Lidia les dará pelea. Así, como está ahora, casi en cuclillas, con la espalda derecha y los puños tocando el ring, saldrá eyectada rumbo al tachi-ai -choque con ruido a carne humana-, que la fundirá contra otra luchadora.

Para ganar deberá ocurrir alguna de estas dos circunstancias: sacar a la contrincante del círculo o lograr que toque el piso con alguna parte del cuerpo que no sea la planta de los pies.

«Ella puede hacerlo», dice su sensei Sebastián Videla. Es quien dirige la enseñanza de sumo en el Polideportivo. A unos metros de distancia, el excampeón argentino Enrique Areco lidera una clase de boxeo y, un poco más lejos, la campeona regional de taekwondo Belén Monfort enseña la disciplina a nenes y nenas que no superan los 10 años. Todas son actividades gratuitas provistas por el Gobierno de la Ciudad.

Si fuese sumo profesional japonés, ellas no podrían luchar: su presencia está prohibida en el dohyō al considerarlas “impuras” por menstruar

La primera vez que Sebastián vio pelear a Lidia fue en 2016 en el Centro Okinawense en la Argentina. Un edificio inmenso y vidriado, sobre la avenida San Juan, que nuclea a través de la cultura y el deporte a la comunidad okinawense en Buenos Aires y a cualquier otro que desee sumarse.

Los dos estaban en el tatami -piso donde se practican artes marciales-, con sus judogis -una chaqueta pesada, un cinturón y un pantalón liviano para practicar judo-. Quizás a él le sorprendió la fuerza de Lidia en la lucha, sus movimientos rápidos, sus tomas, giros en el aire y caídas perfectas. Quizá la vio pelear y la imaginó extrapolable. La cuestión es que a los días le escribió por Messenger, el chat que los centennials no conocieron.

«¿Te animás a sumarte a la Selección Argentina de Sumo?», tipeó Sebastián.

Del otro lado, Lidia leía.

Mientras él se esforzaba por explicarle que el judo y el sumo eran diferentes pero fáciles de vincular, Lidia ya pensaba que sí. Que cómo no iba a animarse, si su sueño siempre había sido representar al país a través del deporte.

Cuestión de peso

«Soy gorda, soy baja, soy morocha e hija de bolivianos. Muchos creyeron que se podían burlar de mí, pero jamás lo permití. Así crecí tímida e individual», dice Lidia. De chica, sólo en la intimidad de su casa permitía chistes sobre su físico. Ahí, entre sus hermanos, dejaba que le dijeran Bestia por el personaje de X-Men (enorme e intelectual) o que Héctor, el hermano mayor, le respondiera que ella, por su fisonomía, debía jugar con el personaje de Honda, el sumo de Street Fighter.

Eran tiempos en los que consumía películas de Bruce Lee y en los que miraba la TV de tubo con un deseo: que apareciera Gabriela Sabatini. Su ídola. Ella fue la primera que le despertó el sueño de ser una atleta que vestía los colores de la bandera y por ellos peleaba. Tenía ocho años y en ese momento se ilusionaba. Después, ya no.

Ni siquiera lo hizo, cuando tenía 22 y siguió a todos los deportistas de la delegación argentina en los Juegos Olímpicos de Atenas. “Yo miraba lo que tocara. Si era básquet, veía básquet. Si era natación, natación y así hasta que llegó el día de judo. Siento que fue la primera vez que escuché la palabra judo. ¿Será que antes no prestaba atención? -Se pregunta y enseguida responde- No sé”.

“Soy gorda, soy baja, soy morocha e hija de bolivianos. Muchos creyeron que se podían burlar de mí, pero jamás lo permití. Así crecí tímida e individual”.

Lidia Arias

Lidia dice que la imagen de Daniela Krukower, la primera argentina en conquistar un título mundial de judo, la impactó. Que le impresionó su altura. Su presencia. Que le encantó la fuerza con la que encaró la pelea. Que le fascinó su lucha. Y que tal deslumbramiento dejó la palabra judo en su cabeza.

“La palabra me perseguía. Era persistente, pero tenía que trabajar y la descartaba. Esa época era difícil: yo no creía en mí”. Lidia venía de un rechazo doble. Poco antes de terminar la secundaria, se había acercado a dos profesoras de educación física para pedirles consejo antes de optar por esa carrera. Las dos le dijeron que no la veían practicando deportes: ni handball ni vóley, ninguno. La anularon tanto que ni se animó a contarles su deseo profesional. En su lugar, lo tachó.

Un año después de los Juegos Olímpicos de Atenas decidió buscar en Google un lugar cercano donde practicar judo. La mejor opción que apareció en el buscador fue el Club Atlético Lanús, a una hora en colectivo de su casa. Pero un día antes de inscribirse se cayó de la bicicleta en Camino Negro. La rodilla le quedó abierta y debieron cerrarla con ocho puntos.

«Y otra vez lo descarté».

Toda su energía la puso en otro proyecto: un ciber a pocas cuadras de su casa. Compró 10 computadoras. Unos amigos le hicieron la conexión de red y otros la instalación eléctrica. Durante casi un año pagó el alquiler del local pero Internet jamás llegó a la zona y tuvo que cerrar sin siquiera haber abierto. Con ese fracaso, se deprimió. Poco después, murió su abuelo, y sin darse cuenta pasó de 90 kilos a 105.

«Trabajaba en dos puestos en La Salada. Diez, doce horas o más. Todo el tiempo había gente y nosotros vendíamos en la ribera. Yo comía y trabajaba. Comía y trabajaba. No me daba cuenta cómo estaba».

Recién cuando cumplió 28 años, por fin, pensó en volver a intentar con ese deporte que le seguía resonando. Tenía miedo de hacer el ridículo y uno de sus hermanos se ofreció a acompañarla. Cuando llegaron, el entrenador Ignacio Narváez pensó que la actividad era para él y no para ella. De inmediato se disculpó y le empezó a hablar.

“Me explicó tan bien, fue tan amistoso, tan cálido, quizá para que me quedara”, se ríe Lidia. Eso fue un lunes, el martes repitió el camino para memorizarlo -es una costumbre que tiene- y el miércoles se inscribió.

Durante tres meses practicó con pantalón, remera y una campera para que la agarraran de la solapa y así simular las tomas de judo. “Después compré el judogi. Nunca imaginé que iba a amar tanto esta disciplina”.

Arriba del tatami fue precoz: pasó de cinturón blanco a amarillo, de amarillo a verde, de verde a azul y después a negro. Pero un mail la convirtió en la deportista que nadie imaginó.

Era un viernes de febrero de 2013 y Lidia leyó en la pantalla de su celular que la llamaba su sensei Ignacio Narváez.

«Lidia, hola. ¿Qué estás haciendo?», le dijo.

«Acá, profe. Con el tobillo en un balde con hielo», le respondió. Se preguntaba a qué se debía el llamado si él ya sabía, incluso había presenciado, cómo ella se había doblado el tobillo después de que un compañero se le cayera encima.

«Me acaba de llegar un mail: sos una de las preseleccionadas para el campo de entrenamiento en el CeNARD», dijo él y sólo recibió silencio.

Insistió: «Lidia, estás en el listado. Podés integrar la Selección, pero primero tenés que pasar la preselección».

Del otro lado, ella dudó: «Pero, ¿cómo estoy en el listado, si no hice nada?

«No tenés que hacer algo -agregó Ignacio-. Ellos se fijan en las posiciones y en la trayectoria de los judocas».

Para entonces, Lidia ya ni hablaba, sino lloraba con su tobillo dentro de un balde con hielo.

Tenía dos semanas para empezar, pero el tobillo estaba esguinzado. No le importó: se lo vendó y primero probó caminar derecha. Después llevó el desafío a la pista de atletismo del Parque de Lomas. Se entrenó, fortaleció el tobillo y se presentó como si nada hubiera pasado.

Quedó.

Después le llegó el parche: un pedazo de tela que todo judoca anhela. Se cose en la espalda y lleva la nacionalidad y el apellido del deportista. A los ojos de un futbolista, tiene el mismo peso emocional que recibir la camiseta de la Selección con su nombre y número.

Es una lucha

Paula Pareto revoleaba los brazos para que Lidia la viera entre la multitud. Minutos antes había salido a esperarla. Era 2016, la gira sudamericana de la Selección Nacional de judo, en Chile.

Lidia no se había alojado con la delegación, sino que había optado por una habitación individual con baño grupal en un hostel. Lo había decidido así por una cuestión de costos.

“Como yo fui sola, llegué sola y no pude tomarme un taxi. Fui con la plata contada”, reconstruye Lidia. Ese día peleaba contra una rusa. Estaba nerviosa, pero peor aún: llegaba tarde. Para unir el hostel con la Villa Olímpica había tomado, primero, un subte y, después, un colectivo. Adentro del predio inmenso, siguió a pie.

“Encontrarla agitando los brazos, entre la gente, es algo que no voy a olvidar. Ver una cara familiar en un lugar donde no conocía a nadie fue un alivio. Ella me gritaba ‘corré Lidia, corré’, yo la miraba y le hacía caso”.

Para Lidia era la primera competencia a la que llegaba en avión. Eso, en comparación a otros viajes, le había sumado incertidumbre. Y pese a que el día anterior ya había hecho el recorrido, no calculó que era sábado y la frecuencia del transporte podía alterarse.

“Creo que tuve que darme el permiso: creer en mí. Me llevó tiempo pero hoy soy Lidia Soledad Celina Arias Aceituno, deportista”.

Lidia Arias

“¿Por qué llegaste tarde, Lidia? ¿Por qué no viniste en un taxi?”, le preguntó Pareto. “No tenía”, le contestó tímida. “No importa, ya está, lo importante es que llegaste”, la consoló.

Tres años después, junto al dohyō de Parque Chacabuco, Lidia dice: “Ese día perdí. Pero al menos pude luchar y, si pude, fue porque nuestra campeona, la mejor de todos nosotros, me esperó. Si ella no hubiese salido a buscarme, hubieran cerrado la puerta del pesaje y quedaba fuera de competencia”.

La derrota en Santiago de Chile fue su última presentación como judoca. A partir de ahí, su entrenamiento cambió para darle más peso y espacio al sumo, al menos por ahora y en virtud del Mundial de Japón.

“Me hubiese gustado empezar antes. Tuve que internalizar muy rápido todo lo que me enseñaron mis sensei, tanto de judo como de sumo. Pero mi cuerpo no estaba preparado para asimilar un entrenamiento de alto impacto. Por eso hoy me cuido un montón y pienso más los movimientos”.

Su rodilla izquierda está ajustada con una venda y en las piernas tiene cintas blancas adhesivas, similares a las que usan los futbolistas, pero éstas no son de distintos colores.

“Me limité mucho tiempo. Primero a los 23 años, después a los 25, ¿por qué empecé a hacer lo que quería a los 28? Por momentos miro atrás y veo a otra persona. Creo que tuve que darme el permiso: creer en mí. Me llevó tiempo pero hoy soy Lidia Soledad Celina Arias Aceituno, deportista”.

María Belén Etchenique

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