A 10 AÑOS DE LA APROBACIÓN DE LA LEY DEL MATRIMONIO IGUALITARIO

15 de julio, 2020

www.parquechacabuco.com.ar comparte el primer capítulo de la novela Alegría, de Facu Soto (2018) Editorial Saraza, donde narra el día en que se promulgó en la Argentina la Ley de Matrimonio Igualitario. La narración comienza con él y sus amigos en un bar -que ya no está- en la esquina de Congreso donde participan de la expectativa con la enorme convocatoria de gente afuera, en la plaza de los dos Congresos. En exclusiva el primer capítulo entero. Y aunque esté en contra del matrimonio, de todo matrimonio, es importante tener la opción e igualdad de derechos. Eso abrió numerosas puertas, derechos y cabezas. A continuación la crónica de aquel histórico día que forma parte de la citada novela Alegría. ¡Feliz aniversario para todxs!

ALEGRÍA

A toda la gente que está sola

  1. de julio 2010

Miro por la ventana del bar que está en la esquina de la Plaza del Congreso. Una multitud espera los resultados de las votaciones. Levanto la cabeza y veo la imagen que está afuera, adentro, en la pantalla del televisor. La gente flamea banderas y espera los votos. En el bar entran y salen permanentemente, y  el bullicio y los cantos de afuera, como la hinchada de un equipo de fútbol, se escuchan desde adentro. Un amigo entra al bar de la mano de Tobías, su novio nuevo. Nos abrazamos. Cuando me da un beso siento su cara, está fría. Detrás de él aparece un chico que no conozco, me da un abrazo. Veo alegría en sus ojos, pero cuando se saca el gorro de lana con los 7 colores del arco iris, descubro que más que alegría es ansiedad lo que tiene; se come las uñas. La tele dice que llevamos 10 horas esperando la aprobación de la ley. Cuando me siento veo dos chicas apoyadas en el borde de una mesa. Se acarician y se besan.

  • Debe de estar esperando a alguien… ¿no?
  • Sino ¿Qué garcha va a estar haciendo solo, no?

Observo al chico que está solo. Parece de veinticinco. Tiene el pelo corto, con un jopo rubio, y está rapado en los costados. Lleva una cadena plateada con un círculo en el medio, como si viniera de otra galaxia. El camafeo le cuelga como si fuese un rapero; también parece el colgante mágico que usa X Men.  En el respaldo de la silla hay una campera de gimnasia, de Argentina. La gente pasa sin parar. Me levanto y distingo una taza de café en el borde de su mesa. Después un grupo de hombres se instalan adelante, y ya no puedo seguir viéndolo.

Julián pide un té y una Coca para Tobías, su novio; después empieza a hablar sin parar. Dice que si ganamos la ley va a organizar una muestra con las fotos que está sacando.

  • ¿Y si perdemos?
  • Me las meto en el orto. Una por una, como un collarcito…

Me pide que mire por la lente. Después me la pide, la agarra y saca una foto apuntando para un lado, y otra para el otro. Sigue sacando fotos mientras habla de su proyecto, de su muestra fotográfica. Cuenta que fotografió a un chongo cagándole  en el pecho a otro, y que con los soretes dibujó un corazón.

  • Qué tierno…
  • No es un lugar cool, con gente culta y open mind, como la gente piensa. Nada que ver, chicos… Mi laburo es una mierda… -Y vuelve con la frase – si ganamos- y empieza a enumerar una serie de cosas que haría “si ganamos”- Le voy a gritar en la cara, a los fucking estructurados pakis héteros de mierda de mi laburo que me como la pija, doblada y dormida. Acostado y parado.

Yo largo una carcajada y escupo el café, salpicando la mesa y la cara de Julián, que mientras agarra servilletas para limpiarse repite mi nombre como mi abuela.

  • Ay, Facundo. Facundo. Facundo…
  • Me vine a esta mesa para quería estar más tranca. Quiero ver cómo van los votos, pero bue…
  • ¿Pero bue, qué? Decilo…Decilo.
  • Si queres nos vamos…
  • Pitufo Gruñón.
  • No, allá es un quilombo; los chicos hablan fuerte y…
  • Mejor vayamos con ellos…Es más divertido…
  • ¿A dónde están que no los veo?- me pregunta Julián.
  • Del otro lado del salón.

Cuando nos levantamos Tobías me pregunta cómo van los votos. Pienso que esto se parece al mundial; le digo que en verdad me chupa un huevo. Miro por la ventana. Pasa un grupo de cristianos con banderas que dicen “Ni unión, ni adopción. Sólo varón-mujer”. Los que van atrás caminan rezando del brazo, haciendo un cordón humano.

  • Ah nooo- dice una loca sacada, abriendo la puerta y saliendo a la calle. Afuera grita- Hijos de puta. Hipos de puta. Chupa cirios.

Uno grupo de chicos lo empujan hasta meterlo adentro del bar, y le explican que no tenemos que reaccionar de esa manera.

  • Porque sino vamos a terminar siendo como ellos- le dice uno de anteojos, onda Clark Kent, agachándose para mirarlo a los ojos.

Lucio  se acerca y me pregunta si vi eso. Fede le paga al camarero, que tiene una peluca con la bandera del arco iris, y salimos a la calle. Afuera sigue la gente, y el frío.

  • Wow, cuánta gente, hermoso- me dice Pablo al oído, agarrándome por la cintura y haciéndome girar para que lo salude- La tele dice que hay más de cuarenta mil personas. Lucio  lo escucha y abre los ojos como un plato volador.

“Cuarenta mil putos juntos… Esto sí que es una delicia”, dice mi amigo mientras se mezcla entre la gente, caminando con pasos exagerados, como desfilando, con las piernas marcadas por el pantalón de cuero y un gamulán largo, que abre y cierra al ritmo de la música de una agrupación LGBTTIQ que canta: “¡Iglesia! ¡Basura! ¡Sos la dictadura!”. Caminan, saltando y gritando, detrás de un grupo de católicos. Pienso que en cualquier momento se va a desatar una pelea. Los camarógrafos de la tele buscan a las travestis más zarpadas, las que están en tanga, con el culo al aire, o las que se sostienen en enormes plataformas con mariposas en las pestañas; pero hace frío y no las encuentran. Entonces nos enfocan a nosotros, que respondemos con movimientos pélvicos y “Fuck you”; después nos perdemos entre la gente. Hay parejas que caminan de la mano, comiendo garrapiñadas, copos rosas de azúcar, o comen hamburguesas con lechuga y tomate, otros muerden un choripán jugando con el chorizo. El humo de las parrillas forma una nube que se extiende por arriba de nuestras cabezas. El cielo, a pesar del frío, todavía sigue azul. Un grupo de tortas saltan como si estuvieran en la popular de Boca. Algunos solitarios pasan como si fuesen extraterrestres, mirando todo como si vinieran de otro planeta, sin hablar con nadie. Pienso en El club de corazones solitarios y entre la gente veo a Ioshua. Tiene el equipo de gimnasia con el que anda siempre, anteojos negros y una gorrita nueva, que no conocía. Me llama la atención verlo solo, porque conoce mucha gente. Es que siempre estuvo solo, me digo perdiéndolo entre la multitud. Recuerdo una película donde el protagonista termina preguntándose qué hubiera pasado si el chico que muere hubiese encontrado un amigo de verdad. Camino directo hacia él, pero no lo encuentro. Pido permiso a la gente y voy esquivando espaldas, cabezas con pelos de distintos colores hasta que lo veo a lo lejos. Me pisan. Me llevan por delante. Me hacen girar como un molinete. Quedo dado vuelta. Salto como un resorte y lo veo. Ahora está detrás de mí. Lo tengo  enfrente y me decepciono. No es Ioshua. Tampoco un doble como esos actores que pagaba Andy Warhol para que fueran a dar una conferencia en lugar de él. Se trata de una persona parecida a Ioshua. Me mira y me pregunta algo con la mirada.

-Disculpá, te confundí con un amigo.

-Sí, ya sé. Me pasó otras veces. Los negros cabezas somos todos iguales- me dice con una voz que no es la de Ioshua. Me río. Me disculpo. Le doy la mano y me voy.

Me vuelvo a encontrar con los chicos cerca del escenario, donde hay una concentración de pakis con sus novias.

  • Las mantienen abrazadas como si se les fueran a escapar.
  • O como si quisieran decirnos “estamos acá, pero miren que nosotros somos héteros- dice Rodry- No nos quieran levantar que nosotros no somos putos como ustedes…
  • Por ahí tienen frío, no seamos jodidos, y por eso las abrazan… Che, no seamos tan malos…Están acá, haciéndonos el aguante- dice Fede mientras baila con la música que viene del escenario. Fede exagera los movimientos, como si estuviera apasionado, transmitiendo emoción y energía.
  • Yo a éste pelotudo  lo conozco- dice Pablo- Iba siempre a la casa de Diego. Diego estaba escribiendo algo sobre él, para una revista. Y cuando éste, este forrazo, vio la foto de Diego con su novio le preguntó quién era. “Mi novio”, le dijo Diego. “¿En serio?” “Sí, ¿por?” “Porque, todos en el fondo…, llevamos el prejuicio en la sangre”, le dijo.
  • ¿Quién?
  • Este forrazo, pa. El cantante. Ese títere que está en el escenario…
  •  No te puedo creer…
  • Y el pobre se quedó medio decepcionado.
  • ¿Con quién?
  •  Me estás prestando atención ¿o te estás calentando con el de gorrita roja?
  • No escucho bien, por la música…
  • Porque no era pajero como él, con las chicas… ¿Podés creerlo?
  • Y después de eso no fue más a su casa… Como si ir a la casa de Diego fuese… no sé… como si Diego lo fuese a contagiar… y después el otro se hacía puto por… por osmosis… O si se lo iba a querer coger por la fuerza… Cualquiera… Imaginatelo a Diego violándolo…
  • No, no me lo imagino. A Diego no.
  • Y te puedo asegurar que este mamarracho no es el tipo de pibes que le gusta a Diego. Ni ahí…
  • ¿Y que hace tocando acá?
  • Eso me pregunto yo…

Cuando estamos llegando a la parte de atrás del Congreso veo pasar un huevo por el aire. Lo sigo, y al segundo estrella contra la pared. Veo pasar otro. Me agacho sin dejar de oír el zumbido como si fuese un mosquito; pero es una lluvia, una tormenta, de huevos.

-Cuidado con los huevos voladores- dice alguien.

Una hilera de colectivos naranjas, llenos de evangelistas, gritan con sus pancartas en lo alto, como queriendo agujerear el cielo. Mi amigo me levanta en los hombros para que lea lo que dicen: “Queremos papá y mamá”. Le dicto a Pablo lo que leo, para que él lo suba a Facebook: “papá + mamá = matrimonio”, “Todo niño tiene derecho a tener un papá y una mamá”, “Familias Formando Familias”. Otro, dice: “Fieles Felices Fecundos”. Yo les respondo “Forros Fallados Foludos”, y levanto el dedo anular con bronca, después me río. En esa agrupación alcanzo a distinguir a D’Elía, y a un puñado de sindicalistas que los apoyan. Mi amigo me baja de su nunca y me deslizo por su cintura como si estuviera en un tobogán. Le pregunto a Pablo si lo que le dicté lo subió a Facebook. Mi amigo cuenta 16 micros de la CGT, Azul y Blanca, que lidera Tobías Barrionuevo. Llega uno más, cargado de peones rurales, vestidos con bombacha de campo, boina y alpargatas, al mando del Momo Venegas. Aparece un cordón de policías que nos empujan hacia atrás. La lluvia de huevos se interrumpe y no sé qué va a pasar con el Matrimonio igualitario.

-Hay mucha gente de derecha, pero también socialista y machista- dice mi amigo tratando de tomar aire. Yo levanto la cabeza y apenas puede respirar. Me siento como un lápiz de color en una cajita de cartón.

-El poder de la iglesia es enorme, Facu- responde mi amigo mientras busca a Tobías, al que perdió en la corrida.

“¡Iglesia! ¡Basura! ¡Sos la dictadura!”, canta un chico con el que juego al fútbol en Los Dogos intentando empezar de nuevo el cántico y la arenga; pero esta vez nadie se prende y el canto se apaga con su voz de sandía. Alguien dice que es mejor volver al bar para ver cómo van los votos.

El periodista que estaba en la vereda entra detrás de nosotros y dice:

“Estamos en un bar, frente al Congreso. Ha sido tomado por la comunidad gay y se transformó en un bunker gay. Vamos a hablar con la gente, a ver cómo están acá los muchachos (porque se puede ser muchacho y gan, ¿o no?, viviendo este momento de expectativa y tensión”.

Sin decirnos nada nos mete el micrófono en la boca. Al principio nadie habla, y el periodista va pasando el micrófono de boca en boca hasta que llega a Rodry.

-¿La verdad, man? Me parece que todo esto es una fantochada. Una garcha total… Qué estemos acá, pidiendo ser iguales que estos…Mmmm… Es una ganzada…

-¿A qué te referís?- pregunta el periodista mirándolo fijo como si fuese un reloj.

-A estos…-, dice Rodry, señalando a un grupo de católicos que están con las pancartas en alto y después al camarógrafo y al periodista- Es ridículo… No entiendo… Queremos  tener los mismos derechos que los fucking héteros, estas lacras que nos marginaron durante años… ¿Qué queremos? ¿Eso queremos? ¿Ser miembros honorables de la sociedad y dar el ejemplo de lo que tenemos que hacer? Pero, por favor… no me hagan reír… Que la chupen…

Nos reímos y el periodista, asombrado, le saca el micrófono. Se queda pensando unos segundos y pregunta:

-¿Y vos por qué estás acá?

-Acompañando a la gilada, ¿viste? ¿Qué voy a hacer, quedarme en casa mirando una porno? ¿Chatear en Manhunt? Si todos los putos están acá. 

El periodista levanta la mano, para que la cámara vuelva a enfocarlo. Mirando la luz roja dice: “Bueno, acá tenemos la opinión de un señor, que por supuesto no representa a la totalidad de la comunidad gay, que está aquí reunida, que son más de 40 mil. Y que ni el frío los para…  Siguen al pie del cañón. Y otros, como vemos, son los disidentes que nunca faltan en ninguna parte…”. El periodista sigue hablando y nosotros dejamos de prestarle atención.

Al silencio de nuestra mesa se lo lleva la correntada de aire que entra cuando abren la puerta. Aparece César Cigliutti, el presidente de la CHA, acompañado por dos locas. Algunos se acercan a saludarlo y otros lo aplauden.

-Mirá- dice alguien.

-Ya lo vi- le digo mirando a la gente que está afuera, que de lejos parecen manchas de colores. Hay paraguas levantados y banderas del arco iris por todos lados. La plaza está repleta, más que antes; y ahora distingo pancartas que dicen “Sí, quiero” y creo ver de nuevo a Ioshua, vestido todo de negro, con anteojos negros, entre las manchas de colores. ¿Será él? ¿Será su doble? Pero… No hay dobles, pienso, nadie puede ser igual a otra persona: Todos únicos, pienso, y me río de la obviedad que estoy pensando.

  • Mirá- dice Fede.
  • Ya lo vi- le digo observando a la gente que está afuera, que de lejos parecen manchas de colores. Hay paraguas levantados y banderas del arco iris por todos lados. La plaza está repleta, más que antes; y ahora distingo pancartas que dicen “Sí, quiero”.

Miro a Fede. Fede no mira a Cigliutti, sino al chico que está solo, en la mesa del rincón, cerca de las escaleras. Ahora hay un gato en su mesa, que sonríe por las caricias que el chico le hace en el lomo.

  • Me encanta- dice Rodry- Es hermoso… Ese color canela que tiene… Mirá esos ojos… Y como está echado. Tiene seguridad, como si no tuviera ninguna preocupación.
  • ¿Y qué preocupación podría tener un gato?- le pregunto tomando el último sorbo de mi café.
  • Está fuerte- digo, y antes de que alguien diga algo agrego- La borra del café. Hay gente que la lee…
  • …Y yo me la como… Mirá.
  • Ya sabemos que vos te la comes. Todos acá nos la comemos.
  • Yo no- dice con miedo el chico que estaba solo acariciando el gato, corriendo la única silla libre que había en nuestra mesa.

Rodry lo había ido a buscar, sin que nadie se diese cuenta. Fede lo mira desde abajo.

– Correte, Facu, dale, así le hacemos un lugarcito a…

– Matías.

– A Matías. 

– ¿Vos, man? ¿Qué pensas de esta ley que nos quiere igualar a todos, como si fuésemos lo mismo…- le pregunta Rodry dándole la mano de manera canchera.

El chico se acomoda en la silla, y con timidez contesta:

  • Está bueno que tengan los mismos derechos. El que quiera que se case, el que no, no; pero está bueno que puedan hacerlo, como todo el mundo…
  • No, man, no es así. No es lo mismo. Yo no soy igual que vos. A ver… ¿Vos decís que sos paki?
  • ¿Paki?
  • Hétero. Straight.
  • Ajá.
  • Bueno, entonces, ¿ves? Somos otra raza. ¿Entendes? Somos otra raza. No hay vuelta que darle. Es así…
  • Por más que queramos ser como vos, somos de otro palo, man. Nos criamos de otra manera… Si esta ley del orto sale; y espero que no, ya vas a ver lo que pasa…Ya me van a dar la razón.

Lucio , Pablo, Julián y Tobías se le tiran encima, le golean la cabeza con las manos abiertas, y a veces con los puños cerrados; pero despacio. Yo le hago cosquillas en la panza. – Cuidado. Cuidado que van a tirar todo, che…

  • Si sale… ya me van a dar la razón… Ya van a ver, man. No somos iguales. No hay vuelta que darle. Vivimos cosas distintas, no podemos ser iguales. Históricamente…nunca lo fuimos…- mientras Rodry termina de hablar saca su iPhone del bolsillo. Le pide el user a Matías, para agregarlo al Facebook. Después lee los comentarios que la gente escribió en el blog Boquitas pintadas, del diario La Nación– Mirá lo que pone tu amiga la trava, La Karen Bennett: “Existen únicamente dos especies que cogen con el fin de la reproducción de la especie: las bestias y los forros homofóbicos de este blog. De ahí para arriba empieza la humanidad”.
  • ¿Y qué le respondieron?
  • Dale, dale, lee.
  • Lee.
  • “Sí, claro…como si vos pudieras quedar embarazada… Aflojale al paco que te hace mal”. Y ella responde “Acá la única que queda embarazada sos vos. Aflojá con los alfajores, que engordan”.
  • Seguí leyendo. Seguí que están buenísimos- dice Rody.
  • Vos no tenes vergüenza… A vos todo te chupa un huevo, todo- le dice Julián.
  • A ver, cállense un poco, a ver qué pasa, che.

Un grupo de gente se acerca a la mesa de Cigliutti. Me levanto, camino unos pasos y alcanzo a oír lo que dice:

  • Ya están por votar, aguanten, no se vayan, estamos dos votos arriba.

Llueven los aplausos. Los abrazos. No alcanzo a seguir escuchando lo que dice Cigliutti. Después se levanta y sale acompañado con las locas con las que entró. Tobías se levanta y va hasta la caja. Paga la segunda ronda de café.

  • Ey, ¿y vos, July, te casarías, con Tobías?
  • Naaa, ni en pedo.

Al rato vuelve Tobías con algunos billetes en la mano para dejar la propina. Cuando se sienta le dice a su novio:

  • Papi, si sale la ley… Si sale, ¿nos casamos?- Julián lo mira. Se ríe nervioso. Le dan un beso con los ojos bien abiertos. Los cierra, pero enseguida los abre. Me mira sacando el iris para afuera, como si quisiera que lo tragara la tierra, y parece que se queda sin respiración.

Mientras bostezamos, inmersos en nuestros pensamientos, un grito nos saca del adormecimiento. Están dando el resultado por la tele: 33 a 27. Saltamos. Nos abrazamos y festejamos. Un mozo corre a bajar el volumen de la tele. Alguien le alcanza un pen drive al chico de la caja y en los parlantes del bar aparece el himno “I will survive”. Nos ponemos a bailar desenfrenados. Algunos se suben a las sillas, otros cantan abrazados y gritan la canción mientras miran la multitud que está en la plaza, también saltando y festejando, flamean las banderas como si a través de ellas liberaran la bronca que guardaban desde hace años.

Algunas voces, ya roncas, otras resquebrajadas, y otras jugosas como un durazno maduro y perfumado, se unen y cantan llenas de emoción. Todos bailamos y gritamos contentos. Emocionados. El festejo se multiplica.  Sacudo la cabeza y lo único que veo es alegría. Alegría por todas partes.  Se oyen petardos y fuegos artificiales explotan en el cielo formando mandalas de colores, túneles que se abren para dejar lugar a otros túneles; estrellitas plateadas se elevan por el cielo. Colores que explotan y agujerean el cielo. Pero la noche debe más allá de la plaza está oscura y fría, como todas las que Ioshua habita desde que vive en la calle, pienso mientras busco su mirada en la multitud, y no la encuentro.

Después aparece “Go West” de los Pet Shop Boys; seguimos bailamos desenfrenados. Yo bailo un poco con cada uno, mirando a los ojos al que tengo enfrente; quiero bailar con todo el mundo. Dejo que mi cuerpo se mueva y bailo, me hago música con la música. Me desintegro para integrarme y ser masa con la multitud; pero reconozco a cada uno. El festejo se multiplica.  Sacudo la cabeza y lo único que veo es alegría. Alegría por todas parte.

“No quiero ser invisible, pero tampoco me alcanza el permiso del orgullo mercantilista. No me quiero casar como un heterosexual”, me había dicho Ioshua hacía unos días, tomando una cerveza roja, artesanal, en El Federal; y era parecido a lo que había escrito en Ni ilegal ni invisible.

Sueltan globos de colores que se elevan y se pierden en el cielo. Pienso que es el mismo cielo que veía con mamá y papá cuando era chico y nos íbamos a sacar foto a esa plaza. Y pienso que ese mismo cielo va a seguir estando cuando yo deje de existir, mientras saltamos en ronda como si hubiésemos ganado el Mundial. Un amigo me dice que va al baño (habíamos dejado nuestras mochilas, celulares y algunos abrigos en la mesa). Otro dice que se va; el chico nuevo lo sigue. 

“Yo quiero poder elegir mucho más que una boda o una discoteca. Yo quiero tener habilitadas todas las herramientas necesarias para ser digno y autónomo de las reglas y modelos que nos oprimen en Latinoamérica”, escribió en un fanzine que leí antes de ir a la marcha, como un mensaje secreto.

Desde la carpa de la FALGBT arrojan papeles plateados por el aire y la lluvia parece de estrellitas. Me acuerdo cuando era chico y mis viejos me llevaban a los recitales de verano, en Barracas de Belgrano. La sensación de libertad es parecida, pero esta es más intensa, nueva y única. Otras organizaciones, como el INADI, emprenden una caravana hasta el escenario, con trompetas y saxos; abriéndose camino si fuesen juglares de la Edad Media que ingresan a la ciudad. Lo siguen los Putos peronistas que bailan desaforados como si estuviesen en una murga, sin importarles el frío. Los que caminamos de la mano, haciendo un cordón humano nos conocemos, pero no todos; aunque algo nos une como si nos conociéramos de toda la vida. Un grupo de chicos caminan bailando con ponchos y pasamontañas, llevan quenas en el pecho y parecen dibujitos animados, saltando y suspendiéndose en el espacio. El frío se acrecienta a medida que nos internamos en la noche. Pasa el tiempo y la temperatura sigue bajando. Los chongos del Movimiento Evita están a full con el bombo, poniéndole el pecho al viento, que por momentos parece agujerearnos y en otros nos llevan por el cielo como Mary Poppins; pero nadie se congela.

En el bar saco el libro de Ioshua y leo lo que escribió: “Lejos de criticar los mecanismos y estructuras del poder K, insisto, me llama la atención la pasión K que se despertó en algún promedio de la comunidad LGTTIB de Argentina. Desde personas que salen a pedir apoyo al modelo K, hasta otrxs que ahora declaran su absoluto e indiscutible apoyo a este modelo. ¿Todo esto por una ley de matrimonio? Ahora pareciera que legalizar la posibilidad de un matrimonio entre personas del mismo sexo hace olvidar cualquier mínima o razonable distancia crítica con el poder o, al menos siquiera, el ejercicio básico del pensamiento en pos de una mirada más amplia que dé su justa medida a las agencias mediáticas. Si esta ley de matrimonio beneficia a algún sector, está bien… al menos a quién le sirva por diversas cuestiones”.

Cuando la madrugada avanza, la gente comienza a disperse por las calles laterales, llenas de botellas vacías, papeles y restos de comida. En las calles cortadas y vacías los semáforos brillan como señales misteriosas. A medida que nos desconcentramos, la alegría parece ir apagándose. Alguien hace un comentario  favorable sobre el casamiento igualitario. Y otro, el que estaba de acuerdo, dice que es una gansada.

Matías camina con la campera de Argentina en la mano. Rodry corre hasta alcanzarlo. Hacen una cuadra sin hablar hasta que doblan; yo los sigo. Matías hace un comentario  favorable sobre el casamiento igualitario. Rodry pone cara de no importarle el tema, hasta que le vuelve a decir que es una gansada.

  • ¿Qué?
  • Eso de tratar de ser como los demás… Ridículo… Ya te lo dije… Querer imitar a los héteros, perdón vos decís que sos hétero, no está bueno ser hétero o querer serlo cuando no lo sos…
  • Pero tienen que tener los mismos derechos…
  • Sí, man, pero ser puto es otra cosa, es eso: es ser puto. Pu-to. ¿Ahora queremos formar una familia? Bah, ¿Qué se yo? Todo bien…

Llegan a la esquina del Paseo La Plaza. Rodry lo mira. Encuentra un brillo, un aura en el cuerpo de Matías, que lo hace sentir un apego irrefrenable a él, algo que lo atrae como un imán.

– ¿Entramos? ¿Vamos allá?

– ¿A dónde?

– Ahí, al Paseo La Plaza.

Al cruzar la calle sienten el viento que los embolsa. Se les dificulta seguir cruzando la calle. Caminan atravesando el paseo. Se paran en una vidriera donde venden cds. La tienda está cerrada, pero igual contemplan las tapas y los nombres de grupos que escuchan, y los que no escucharon pero que les gustarían escuchar. Después miran hacia la avenida Corrientes, que se la ve lejos, como una salida al mar.

Ya es un día de semana, hay poca gente en el centro y todavía está oscuro, el cielo parece verde y faltan pocos minutos para el amanecer.

Ioshua, entre tanto bullicio mediático, dijo: “Saludo con simpatía cualquier gesto y acción de amplitud e inclusión, pero eso no es suficiente para ganar mi voluntad y mi dirección.  Quienes no tenemos bandera ni conocemos de pasiones políticas, por decisión y definición, ni de especulaciones partidarias, miro con sorpresa esta aparente nueva realidad de que ahora marica parece que se escribe con K”. Guardo Clasismo Homo, el manifiesto político de Ioshua, y escucho Soy lo que soy. No puedo evitar entrar al bar, y sin conocer a nadie, meterme a cantar hasta sentir que me vacío, que dejo todo en esa letra y esa música que escuché tantas veces en soledad.

Un aroma a café les llega a sus narices haciéndole dar ganas de entrar. Illy es el único bar abierto en el Paseo. Apenas se sientan, Matías abre las piernas y levanta la mano para llamar a la camarera. Por sus modales parece un político o un narcotraficante. Cuando la chica se acerca le clava la mirada, recorriéndole el cuerpo de arriba abajo; se queda tildado mirándole las tetas. Toma aire y abre la carta. Desliza el dedo por las bebidas, elige la más cara. Antes de hacer el pedido le pregunta si hay cerveza. La chica mueve la cabeza, diciéndole que no; entonces ordena lo que había señalado: un capuchino irlandés con canela, Bailys y crema. Cuando la chica se va, observa la decoración del lugar: las mesas blancas de diseño, la luz azul del lugar. No hay otra mesa ocupada.

Matías le dice que se quedó sin amigos, las palabras perforan la cabeza de Rodry como dinamita. Los ojos se le encienden como la hornalla de una cocina y descubre que Matías no es perfecto, que no está completo y tiene todo; como él creía. Se acuerda de sus amigos y se inquieta al darse cuenta que se fue sin saludarlos. Agarra el celular y les envía un mensaje: “Me fui a tomar algo con Matías, el chico que conocimos en el bar”. Después lo mira, a través de unas flores amarillas que salen de un florero ubicado en el centro de la mesa y encuentra la mirada de Matías. Se da cuenta que, a pesar de la hora que es, las flores se mantienen frescas.

El chico de la caja mira a Matías como si tuviese un brillo que le capta la atención; no puede dejar de mirarlo. Rodry contempla el cuerpo de Matías. Su sonrisa. Observa por el piso las zapatillas y se imagina cómo tendrá los pies. Le mira las manos. Le gustan los dedos, las uñas, el color de la piel. Se le empieza a parar la pija. Una música ambient cae de los parlantes como un río que se desborda, bañando el cuerpo de Rodry, que se empieza a balancear para todos lados. Mira a Matías, y no le caben dudas que le gusta; siente que es el chico que siempre quiso tener. Piensa que le gustaría hacer un viaje con él, al Caribe, a la India o a Rusia. Andar en elefante. Cosechar el campo y ordeñar una vaca. Que lo pase a buscar a la salida del trabajo. Llegar a la casa y que lo espere con una cena. Sorprenderlo con chocolates caseros. Bañarlo en la ducha de su casa. La excitación es tan grande que quiere abrazarlo, sacarle la ropa, tocarlo y chuparlo por todas partes.

  • ¿Me dijiste que eras hétero?
  • Ajá.
  • Qué asco… Pero ¿sos un hétero que le gustan las chicas solamente? O… ¿un héteroflexible?
  • Hétero es hétero ¿Qué parte no entendiste, capo?

Rodry quiere preguntarle por qué estaba en el bar, con la comunidad gay, expectante de la aprobación de la ley, si realmente es hétero. Pero le parece prejuiciosa la pregunta, entonces prefiere hacerle una broma:

  • O sea que sos lesbiana.
  • Ja ja. Sí, sí. No, boló, me gustan las chicas, nada más. Otra vez, ¿Qué parte no entendiste? Las minas. Las chochis… Las conchitas…
  • ¿Las chicas? Qué asco… Eso sí que no es normal- dice Rodry.

Matías se ríe.

  • ¿Y tu viejo qué hace?- le pregunta Rodry.

Siempre pregunta lo mismo, como si tuviese una obsesión por los padres de sus novios, amantes y amigos. Imagina que los padres de los demás son perfectos, que le dieron todo lo que sus hijos necesitaban. Cuando le responden cosas que no le gusta, acomoda la respuesta para que, de todos modos, la respuesta encaje en su pensamiento.

  • Labura en un campo de petróleo, en el sur.
  • Ah, en una petrolera. Qué bueno. Ingeniero industrial, ¿no? Debe de viajar bastante y ganar buena guita…
  • Estos ingenieros tienen que pensar algo ya. Porque nos vamos a quedar sin petróleo; y sin agua dentro de poco…
  • Y, sí…
  • Estamos por cerrar, les dejo el ticket acá- dice la camarera apoyando la cuenta en la mesa.
  • Che, no tengo plata yo- dice Matías.

Rodry lo mira. La situación le da vergüenza ajena. Después lástima. Saca la tarjeta de crédito y paga.

– ¿Sabes? Yo nunca estuve con una chica. A mí me va la pija, la verga, la japi, ¿entendes? Me encantan los huevos, agarrarlos, chuparlos… Las personas que tienen fuego entre las piernas me la suben, y sino yo les prendo el fuego… Dar placer. Satisfacción. Eso es lo que me gusta…- le dice Rodry con la pija dura, que intenta romper el pantalón. Después espera que Matías acceda al placer que él, indirectamente, le está proponiendo. El silencio de transforma en una especie de lago de agua fría que se congela. El momento lo inquieta.  Hasta que Matías rompe la tensión:

– ¿Sabes? Todos festejamos al que tiene la poronga más grande. A todos nos gustaría tener una chota más grande, y… Uno dice, che, que cacho de vergón que tiene ese; y… lo admira. Pero ahí se termina todo ¿entendes? Los héteros no andamos diciendo eso por ahí…  A vos te lo digo, te dije el secreto de los héteros porque… vos me caes bien, y quizás, te sirva para no andar diciendo por ahí pelotudeces.

– …

– Sos un pibe inteligente y… Todavía no me contaste si queres ser mi amigo… – Al ver la cara de sorpresa de Rodry agrega- Pero no andamos, gritándolo eso por ahí; ni chupando pija. Eso es otra cosa…

– ¿Y por qué te quedaste sin amigos?

– No importa eso… Otro día, si queres, te cuento… ¿Queres ser mi amigo?

– Dale- le dice Rodry mientras Matías pone la mano abierta en el aire. Las manos se chocan. Al despegarla, Rodry se da cuenta que Matías, antes, la había escupido; la saliva parece un chicle derretido y con burbujas- Ahora me toca a mí- dice Rodry mientras se escupe la mano, y la vuelven a chocar.

Capítulo 1, novela Alegría, 2017, Editorial Saraza. Autor: Facu Soto

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