Carrera de autos

Los sábados a la mañana, a eso de las 10, haga frío o calor, un grupo de hombres, en su mayoría hombres grandes y padres cuarentones con sus hijos pequeños, se reúnen en el Parque Chacabuco para hacer jugar a las carreras de autitos como si volvieran a ser niños.

Hay de todo, desde personas muy ancianas que apenas pueden caminar, hasta nenitos que apenas empiezan a caminar, también adolescentes y hombres maduros; pero básicamente un encuentro de varones, porque en las dos oportunidades que me acerqué temprano al parque para observarlos jugar y escribir esta nota solo vi a una mujer con una canasta, llena de bizcochitos y un tarro con yerba y el mate, dejárselo a su marido y salir rajando para una clase de no sé qué.

Pareciera la recuperación de varios espacios perdidos, el del grupo de pertenencia al género, que antes era hegemónicamente el fútbol y ahora parece ser un espacio compartido (yo juego dos veces por semana en Boedo y la última vez que fui me tocó jugar en la cancha 6, de la 1 a la 5 estaban ocupadas por equipo femeninos). A la vez, pareciera ser un espacio de intercambio de generaciones, donde los más grandes, sin grandes peroratas de su infancia, ponen en acto cómo era jugar en aquellos tiempos, donde la calle no era un monstruo peligroso y no estaba la Play Station ni el Facebook para entretener a los chicos. También pareciera ser un espacio de conocimiento, para los más jóvenes, no solo de las tradiciones de sus padres o abuelos, sino de otro tipo de juegos que le resultan tan ajenos como cercanos. Alguien sacó de una caja un scalextric muy bien cuidado, y a pesar de tener más de 30 años de uso (o de estar guardado) fue el centro de atracción para los más jóvenes que lo miraban como a una novedad. Por otra parte, lo retro pareciera estar de moda. Volvieron las bandejas tocadiscos y los vinilos. El acto de proceder para pasar música y el sonido incomparable del disco hace del acto de escuchar música un ritual que, en algunos casos añora y rememora otros tiempos, y en otros introduce una novedad que pareciera estar en la cresta de la ola.

Con buzos, gorritas, pantalones de gimnasia o de jean, pero siempre con campera, la cita es los sábados a la mañana. Podes llevar tu autito de plástico que vino en un Topolín de tu papá y que no sabés cómo está en tu casa porque no tenía uso ni para adornar el mueble del comedor, o uno nuevo y brillante Nissan o Escala que compraste en Mercado libre. Lo importante es el ritual de agacharse, hacer friccionar las ruedas y dejar que auto tome su rumbo. Que se deslice. Que doble en la curva y que gane el que llegó primero.

 

 

 

 

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