Crónica del Barrio por un escritor de alto vuelo

En busca del amor perdido

Una tarde recorriendo los jardines, bares y recovecos de Parque Chacabuco, tratando de recuperar un vínculo de la tierna infancia.

18 de abril de 2017

por WASHINGTON CUCURTO

Estoy atado a Parque Chacabuco por muchos motivos; hay por lo menos dos importantes que no vienen al caso que los cuente, pero los cuento igual. Todavía recuerdo con lágrimas en los ojos mi primera cita de amor en Buenos Aires. Fue en un bar de la calle Suviria al 900, un bar antiguo con aire de tango. En el centro del bar había una biblioteca (que aún está) donde me sumergía en las primeras ediciones de los libros de Julio Cortázar –Don Julio, para mí–, de Mario Benedetti y sus cuentos nostálgicos y primaverales. Y ni qué hablar de los poemas imbatibles, para un muchacho enamorado como lo era yo, del gran Roque Dalton. Poesía, café y amor; ¡qué combinación ideal para ser feliz!

Por eso, cuando surgió la posibilidad de escribir esta crónica, un sentimiento de amor me atravesó el corazón. Sin duda, debo haber escrito la mejor de mis crónicas, porque el amor tiene nombre de barrio: Parque Chacabuco.

El Gran Pablo me confirmó la posibilidad de redactar esta crónica y ni bien cerré mi casilla de mail salí corriendo hacia ese barrio. Fue lo primero que hice el fin de semana largo; salí corriendo al Toro Bar; no voy a mentir, no voy a engañar, no voy a exagerar, pero una lágrima me corrió por la mejilla. Por suerte, estaba cerrado y me pegué una vuelta por el barrio. Ésta podía ser una crónica que me llevaría a la muerte de un ataque al corazón. A todo esto: ¿qué habrá sido de aquella bella durmiente que me dejó por un actor de televisión hoy muy famoso? ¡Perdón, no! ¡Me dejó por un industrial!

El otro motivo de mi apego es que en ese barrio vive un amigo muy querido: Facundo Soto, poeta, artista visual, degustador escatológico, caminador y estudioso del arte queer, entre otras cosas. Es mi amigo, lo re quiero y fui a visitarlo más de una vez a su casa. Siempre tengo la misma experiencia en mi corazón: me cae una lágrima y me late el bombo a Rápido y Furioso.

Recorrí el barrio y en la esquina de la calle Vernet al 101 me vino un hambre mortal. Eran las dos de la tarde, así que vi un barcito piola que tenía en la vidriera una oferta sensacional de picadas y cervezas tiradas a pulso. No lo dudé, entré. El bar se llamaba igual que la calle: “Vernet”. Fui muy bien atendido por un veinteañero que me contó todos los secretos de la picada.

–Mirá Cucu, acá el secreto es que ponemos los tres tipos de aceitunas y cinco quesos diferentes. Además los salamines los traemos de Chivilcoy, que es la ciudad del salamín, y son excelentes. Eso hace la diferencia.

–Muy buena data esa… Y con la cerveza, ¿hay algún secreto?

–Eso te quería decir, siempre para la cerveza tirada tenemos a un muchacho zen, el colmo de la tranquilidad. Es ese tipo de personas a las que se les puede caer el techo encima y ni se mosquean. Ese tipo de gente que los agarra un corte de calle en el microcentro y ni se inmutan. Bueno, así, un muchacho lleno de paz…

–¿Y eso por qué?

–Esperaba que me preguntaras, Cucu… Porque es fundamental que la cerveza bien tirada se sirva sin stress, sin depresión, sin preocupaciones por los paros o el sueldo. Es clave que la tire un alma pacífica y muy relajada…

–MIrá vos, increíble…

El mozo se fue, disfruté de dos jarrones de cerveza excelente y luego me comí las últimas aceitunas. Ahora sí, estaba dispuesto a emprender mi viaje por el barrio del amor.

ganchosUn barrio con recuerdos y lugares para caminar.

Caminé y llegué al restaurante Chacabuco, en la calle Miró al 700. Fahh! Un lugar de comida casera. Su especialidad es la tortilla de papas a la española, que fue una sensación en mi interior. Fue como volver a nacer, creo que jamás en mi vida comí algo tan rico. El restaurante es barato, bueno, tiene mucho olor a comida casera y el ambiente es familiar. Me encantó y lo recomiendo.

Después llegué a la calle José María Moreno, donde le di el primer y único beso a Laura, y me puse a llorar. Su padre era policía y para acabar con nuestro amor se la llevó a Brasil y nunca más volví a verla. Yo tenía 7 años y ella cinco. Fue un amor a primera vista. Luego, a los 17 años volvimos a vernos y nos juntamos en el bar que ya les conté…

Bueno, basta de corazones perdidos. Saqué un pañuelo y me soné los mocos. En eso apareció una señorita de otro mundo, en equipo de gimnasia, paseando a un perro negro, grande y malo.

–¿Qué le pasa, señor?

–Nada, lloro de amor.

–¿Está bien?

–Ahora estoy mejor.

–¿Puedo ayudarlo en algo?

–Estoy escribiendo una crónica para La Agenda Revista que se lee en internet, y bueno, me puse a llorar. Necesito ir a otro bar.

–Yo conozco uno muy bueno. Si querés te acompaño.

La vecina se llama Julieta y le mando un gran abrazo. Fuimos al bar El Mosquito, ahí cerca, en la calle Moreno al 900. Es un bodegón atendido por dos viejitos. Su especialidad es la comida casera, los flanes con dulce de leche (Julieta se comió tres). Los precios son re baratos; ningún plato vale más de 150 pesos.

Voy a explotar si sigo escribiendo estas notas de restaurantes. Por lo general caigo más en bodegones caseros que en bares. Por lo general, como más de lo que chupo. Y por lo general siempre conozco a alguien que me gusta, me atrae, me hace reflexionar.

Parque Chacabuco es un lugar especial, único en el mundo. No tengo reparos en decir que es uno de los barrios más lindos de la ciudad. El Parque Chacabuco es ideal para caminarlo, para descubrir la cantidad de especies de árboles distintas que hay. Siempre soñé con ir a su pileta celeste, pero nunca tuve tiempo. Tal vez ahora lo haga. Facu Soto, mi amigo, va a nadar y me dice que es muy buena y barata.

Llego a duras penas, con la panza llena y varios kilos de más al fin de mi crónica de amor. Laura no apareció, caminé en soledad las últimas calles antes del retorno. ¿Por qué Buenos Aires está llena de recuerdos? Julieta se fue arrastrada por su perro negro celoso.

Decidí acabar mi día en la Avenida del Barco Centenera al 1200, donde hay un bar con buen whisky. Necesitaba uno y me tomé tres, por las dudas. Porque, dice el verso de Vallejo, el amor flota dentro de mí como un whisky importado –la licencia poética es mía–.

De golpe, antes de hojear el diario, miré por la ventana y vi a una chica parecida a Laura. Pagué rápido y salí a la calle desesperado, como si me hubieran afanado la mochila con la computadora adentro. La vi subir a un bondi que dobló en la esquina y se perdió.


Washington Cucurto es el seudónimo del narrador, poeta y editor Santiago Vega, creador y director de la editorial Eloísa Cartonera y autor de libros como Zelarayán, La máquina de hacer paraguayitos y Cosas de negros. Su último libro es La serie negra.

Crónica aparecida en La Agenda Buenos Aires

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