FLORECIÓ EL ÁRBOL DE JÚPITER Y TIÑÓ DE COLOR AL PARQUE CHACABUCO

23 de enero, 2020

FLORECIÓ EL ÁRBOL DE JÚPITER Y TIÑÓ DE COLOR AL PARQUE CHACABUCO

Es una especie originaria de China, Japón e Indochina. Dicen que los primeros ejemplares fueron los del Jardín Botánico. Hoy se lo ve en calles barriales, con sus flores lilas y blancas.

¿Puede un árbol dar alegría? Puede. Tanto para los que nacieron en el campo como para los que crecieron en una casa conurbana o para los porteños criados en balcón. Pasa con el jacarandá en noviembre, cuando es imposible recorrer las calles sin maravillarse, así sea desde la ventanilla de un colectivo. O en otoño, cuando las hojas caen y los chicos saltan y se divierten haciéndolas crujir. Pero es enero, los árboles ya no están lilas ni las veredas llenas de hojas, y pareciera que en este mes no hay sorpresa. Aunque sí. El asombro lo provoca un árbol que llegó de China y se instaló en los barrios de manera silenciosa: el crespón.

Sus flores son fucsias, violetas, lilas, rosas y blancas. De lejos, parecen racimos. De cerca, pirámides de papel crepé: arrugadas y con bordes ondulados. Necesitan sol pleno para aparecer y lo hacen sólo ahora, en enero, mientras la mayoría de los árboles están estancados en un verde monocromo. Cómo llegó es un misterio. El crespón es un árbol fuera de programa. Su origen está en China, Japón y la península de Indochina. Hacia 1747 fue introducido en Europa. Desde ese continente saltó a nuestro país. En el Jardín Botánico hay crespones centenarios, del temprano 1900.

“El jardín fue pensado por Carlos Thays para mostrarle a los habitantes la mayor cantidad de especies de árboles. Probablemente el crespón llegó primero al Jardín Botánico y desde acá se expandió de a poco al resto de la Ciudad”, dice Graciela Barreiro, ingeniera agrónoma. Desde hace 10 años es la autoridad máxima del Jardín y, como cualquier profesional, se maneja con evidencias. Por eso aclara: “Es una hipótesis porque al no haber registros, no hay certezas”. Y sigue: “En las calles porteñas no es un árbol histórico, sino moderno. De las décadas del 40 o 50. Apostaría a que empezó a introducirse de la mano de viveristas alemanes, holandeses e italianos que lo trajeron”.

Sobre el crespón en Buenos Aires todas son especulaciones. Aunque hay un dato cierto: en los últimos años empezó a incluirse en el arbolado urbano. Dentro del Parque Avellaneda, en una cúpula blanca, hay 50 macetas con crespones. Todos, nacieron de un árbol madre de flores rosas. Al espacio, una estructura redonda de varillas flexibles y cubierta por una lona, lo llaman domo. De ahí, salen parte de las plantas y árboles que van al espacio público.

“Se lo puede cultivar como arbusto o como árbol. En la Ciudad se usa en veredas que no superan los 2,5 a 3 metros de ancho. Por ser de porte chico, es ideal para veredas de pasaje”, explica Jorge Serángelo, un técnico botánico con más de 30 años entre árboles. Trabaja en el domo y, al igual que Barreiro, cree que el crespón llegó al país a principios del siglo XX, a través del objetivo de Thays de armar un “museo de plantas y árboles” en lo que hoy es el Jardín Botánico.

Se lo llama también espumilla, lila japonesa o árbol de Júpiter. Sus flores tienen forma de racimo.

Los dos también comparten que la belleza del árbol excede a sus flores: “Su corteza es muy hermosa. Parecida a la del arrayán, con tonalidades amarillas y naranjas, y escamas. Sus hojas también son fascinantes. En invierno, antes de caer, adquieren tonos otoñales, incluso rojos”, dicen. Pero en un punto discrepan.

Para Barreiro el crespón no es tan apto para la vida urbana. “Es muy susceptible al ataque de pulgones y al oídio (un hongo)”, dice y explica que hay distintas hipótesis sobre esta debilidad. Para ella puede estar relacionada con el clima porteño: “un poco más húmedo de lo que este árbol necesita”. Y recomienda a los vecinos estar atentos para pedir ayuda y frenar el avance de la enfermedad. Con tratamiento, es sencillo volver a tener un crespón sano.

El árbol de la calle. Su porte es chico: no alcanza los cinco metros de alto. Acá, un ejemplar de la calle Bilbao al 1700, Flores.

La periodista y escritora Laura Haimovichi es una de esas personas atentas. En su vereda hay un crespón de flores blancas. “La floración me sorprendió hace unos días cuando volvía caminando a casa. Verlo me dio alegría y ganas de compartir su belleza. No pude ni quise frenar ese impulso”, dice. Y se refiere al momento en que tomó su celular, lo puso en modo cámara, sacó una foto y después la subió a Facebook.

Años atrás, lo plantó con su marido. “Lo hicimos porque teníamos la secreta intención de incentivar a otros vecinos a que lo hicieran, algo que en parte logramos. Creemos que este tipo de gestos son contagiosos”. Está convencida de que los negocios inmobiliarios y la ignorancia, que a veces van de la mano, provocan que cada vez haya más cemento y menos verde en la Ciudad. Así lo dice y por esas razones decidió involucrarse: riega el crespón y lo poda. También lo cuida de las hormigas. Y lo mantiene unido a un tutor que lo sostiene firme. Su vínculo con el árbol es los 365 días del año, pero ahora, en enero, se vuelve todavía más intenso: “Para mí las flores del crespón son como joyas o souvenirs de la naturaleza”.

La escritora Laura Haimovichi plantó un crespón en su vereda y, cuando este enero vio que había florecido, compartió la imagen a través de las redes sociales.

El crespón casi no se ve en avenidas. Tampoco existen líneas eternas de crespones para admirar a lo largo de varias calles. Se lo descubre de golpe, al doblar en una esquina o al cruzar. Aparece de a uno, a lo sumo de a dos por cuadra. Está ahí donde el tránsito de Caballito pierde frenesí, en pasajes de Parque Chacabuco, en las calles circulares de Parque Chas o en Villa Devoto, a metros del límite con Provincia. Se calcula que en toda la Ciudad hay más de 10.500 ejemplares.

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