MARIANA ENRÍQUEZ, LA ESCRITORA QUE VIVE EN PARQUE CHACABUCO ESCRIBE SOBRE LO QUE ESTÁ PASANDO EN CKK

12 de abril, 2020

Episodio 1: La canción del miedo y los números

“Asesinato por números. Uno, dos, tres. Es tan fácil de aprender como el abecedario”.

Hace varios días me encuentro con esta frase en la cabeza. Es la letra de una canción, “Murder By Numbers”, de The Police. No soy fan de The Police y jamás escucho a la banda voluntariamente; cuando era niña, sin embargo, me compré algunos de sus cassettes (estoy hablando de la primera mitad de los años ‘80) porque era una de las bandas del momento y a mí no me gustaba la música “para chicos” a los diez u once años. “Murder By Numbers” estaba en el cassette de Synchronicity, el disco que The Police editó en 1983; lo pedí para un cumpleaños por “Cada vez que respiras” (“Every Breath You Take”), esa canción siniestra y obsesiva que suele confundirse con la serenata devocional de un enamorado. “Murder by numbers. One two three. It’s as easy to learn as your ABC”. Hay varias versiones sobre de qué se trata la canción. Parece, en una primera escucha, sobre asesinos seriales, pero Sting alguna vez dijo que reflexiona de forma retorcida sobre el poder de sugestión que tiene lo masivo sobre los espectadores. Synchronicity es un disco oscuro y extraño, atravesado por los temas del control, la vigilancia, la perversión y las obsesiones. Sting leía a Koestler y Jung por aquellos años, Gran Bretaña estaba en guerra con Argentina y la banda grababa en la isla de Montserrat que, meses después, sería devastada por la erupción de un volcán.

The Police se separó siete meses después de editado el disco, el más exitoso de la banda; el teleevangelista Jimmy Swaggart dijo que esa canción, la del asesinato por números, la había escrito el Diablo.

No me acuerdo del resto de la canción: lo que recuerdo, 1, 2, 3, fácil como el abecedario, es el estribillo. Y es un recuerdo muy viejo porque, insisto, no escucho la canción desde la niñez y no la revisité estos días. Pero me persigue con insistencia voraz y no abandona mi cabeza ni en la ducha ni en el desayuno ni en la cola del supermercado ni cuando chateo. No es un secreto cómo llegó desde el pasado y se instaló como la humedad en los cimientos, como un hongo imbatible.

Hace días, meses para los que prestan más atención a las noticias, que contamos sin cesar. 1 2 3. Infectados. Sospechosos. Muertos. Descartados por epidemiología. Cuántos nuevos contagiados. La curva. Sube o baja. Exponencial. El número de curados también se cuenta, pero se difunde bastante menos. Mortandad de 2%, mortandad de 3%, mortandad de 0,02%, no hay números suficientes para calcular, un contagiado infecta a 3 o a 2 o a 20. El ejecutivo de Unilever en el norte de Italia contagió a 400. Carmela, la diseñadora uruguaya que no hizo cuarentena y fue a un casamiento en Carrasco, contagió a 20. Como dice una de sus conocidas en el filtrado audio de Whattsapp: “contagió a un pueblo”. Son 400 los pasajeros del Buquebus que llegó al puerto de Buenos Aires con un joven infectado de coronavirus. ¿Cuántas camas hacen falta para ellos? ¿Cuánto subirá nuestro número actual de casos por esta circunstancia? ¿Qué pasa si no se aplana la curva?

No tengo la menor idea de lo que significa aplanar una curva ni a qué se refiere el término exponencial (en términos exactos, no de sentido común) ni sé cuándo un porcentaje es alto o no, porque lo ignoro todo de estadística y de matemáticas y diría de aritmética. Hay mucha gente como yo. Por lo tanto escuchamos 2% y nos parece poco, porque 2 es poco. Pero después nos explican la cantidad de personas que incluye ese porcentaje y nos parece muchísimo. Así que del alivio al pánico hay segundos. Los sitios web de medios, de organizaciones oficiales o no gubernamentales, de revistas, de publicaciones serias, de publicaciones que cuentan por joder, todos tienen su contador coronavirus en alguna parte. Algunos con un diseño bien claro y clásico: infectados arriba, muertos debajo (en rojo), algunos ofrecen el alivio de los curados (en verde). También hay rankings de países: hoy, mientras escribo esto, Italia acaba de “pasar” a China en número de muertos, un Mundial macabro en el que se espera la perfomance de España y, una vez más, Alemania sorprende: están en el 5° puesto del ranking de los infectados, con casi 14 mil, pero solo tienen 42 muertos por complicaciones del coronavirus. ¿Son más inmunes los alemanes? ¿Es el sistema de salud? ¿Consiguieron tratamiento efectivo?

Recuerdo que en los primeros días de la pandemia alguien que sonaba sensato –sospecho que era un médico, no puedo asegurarlo– dijo que era contraproducente contar y le dijeron ah qué bien, sonrisa y a buscar más cifras. ¡Si hasta el virus tiene número, 19, por el año de su aparición!

A por más cifras entonces, que la adicción es muy sensual y muy peligrosa. También es delicioso repetir palabras nuevas y sentir una expertise inexistente. Tests, entonces. ¿Cuánta gente testeó Corea? 10.000 por día. ¿Lo tienen controlado? No del todo, pero aún no recurrieron a una cuarentena, por ejemplo. Si no testeamos 10.000 por día, ¿estamos haciendo todo mal? ¿Cuántos kits de tests hay que tener? Corea compró desde enero. ¿Nosotros compramos? Si es así, ¿cuántos? Cunden los números. Son 10 los laboratorios que podrían hacerlo. Son 100. No, es solo el Malbrán. Hay cuello de botella en el Malbrán. Se testean todos los que llegan. Hay capacidad para testear 1000 por día. No, eso es mentira. Está centralizado, hay que descentralizar, ¿cuántos se descartan por epidemiología? ¿Qué quiere decir eso exactamente?

Aclaro lo obvio: algunos de los números de estas reflexiones a mano alzada no están chequeados, son aproximados o ilustrativos. Esta no es una nota informativa. Es un texto sencillo para ayudarme a pensar por qué canto todo el día una canción sobre muerte y números hasta la rumiación; por qué me niego durante un rato a buscar cifras pero después no puedo evitarlo y googleo “Holanda muertes coronavirus” no porque conozca a alguien en Holanda, ni porque el número de decesos me sirva para algo sino sencillamente porque aún no escuché ese número y me interesa, como me interesa el de Surinam y el de Mongolia, porque estoy aterrorizada por cifras que no comprendo y al mismo tiempo creo que van a tranquilizarme o espero que lo hagan, porque es mejor saber. ¿Es mejor saber? ¿Qué sabemos?

Otra desesperación: el conteo de los números de la cuarentena. No me refiero a la que estamos transitando ahora, de la que sabemos perfecto que comenzó el 20 de marzo. Hablo de las personales: por ejemplo, las de aquellos en contacto con alguien diagnosticado con la enfermedad. 14 días, ¿desde cuándo? ¿Desde ver a la persona? ¿Y si hizo síntomas al día 5, qué se hace con los días anteriores? Se pierden, se desvanecen en una nube de posibles contagios y miedo, o de no recordar a cuántos supermercados se fue, cuánta gente había en el cajero, cuántos subtes se tomaron esos cinco días, cuántos alumnos había en la clase, cuántas personas adentro del supermercado, cuántas veces tocamos el escritorio del primo del que viajó a Italia (¿Cuánta gente viaja a Italia? Parece demasiada, ¿no?). A eso en Singapur, me dice una amiga que vive allá, se lo llama “contact tracing”. ¿Hacemos contact tracing? Es confuso.
 
Ah: y la cantidad de personas entre uno mismo y el infectado. Los 6 grados de separación. Caso imaginado: en mi oficina el lunes llega Empleada X y cuenta que el domingo estuvo en cumpleaños con tío que vino de España. Digamos 30 personas. Tío se despertó de la resaca con fiebre y tos, llamó al 107 (otro número), dio positivo. Empleada X se pone en cuarentena. ¿Y los otros de la oficina? Hasta que ella no tenga síntomas, no tiene que hacerlo. ¿Cuándo va a tenerlos Empleada X? Empieza otro pánico numérico: la espera. ¿Cuándo empiezan los síntomas? Día 1 no. Día 2 quizá. Muy probablemente día 5. Si pasó el día 10 no estoy fuera de peligro pero, ¿es posible imaginar la tranquilidad? ¿O hay casos del día 14? Se cuenta con los dedos. Los dedos de una mano son el pico del pánico. Promedio de contagio, 5º día. Si se pasa a la otra mano, sigue el riesgo pero cuando se terminan los otros 5 dedos, baja la tensión. ¿Es así?

El 14 como meta, límite, alivio, ver el sol.

La televisión habla de la cantidad de respiradores. En redes gritan: en Pinamar hay uno solo, los turistas están locos si quieren escapar. El 80% de la camas de terapia intensiva están ocupadas ahora. En Twitter alguien dice: “si supieran cuántos respiradores hay, se cagan encima. Quédense en casa”. Le preguntan cuántos, cuántos, cuántos. Ese número preciado, el número del destino, el que dispone si la gente morirá en pasillos y guardias o en una cama. O en su casa. Lo escatima, quizá por desconocerlo, quizá por sadismo. Por supuesto busco el dato online. Una nota de Infobae me dice: “De acuerdo al sistema integrado de información sanitaria del Ministerio de Salud de la Nación (del 2018), Argentina tiene 4,5 camas de internación por cada mil habitantes. La mayor cantidad de plazas están en la Capital Federal (7,1 por mil) y las provincias de Córdoba (5,9) y Buenos Aires (5). Menos que las 8 a 10 por habitante que recomienda la OMS.”. Saboreo ese “menos que las 8 por 10” aunque no sé si serán 7 por 10 o 1 por 10 porque no sé hacer cuentas; lo saboreo hasta el ataque de pánico y, con el llanto, empiezo a sentir dolor de garganta, al tiempo que el rubor de las mejillas se me antoja fiebre alta.

107. No, en un rato.

No hay límite para el tallado del miedo que causan los números. El tiempo que vive el virus en superficies, por ejemplo. Leí todo tipo de cifras sobre esto y una sola conclusión: vive muchos días en todas partes. Si ya se adhirió a mi celular, es tarde. No hace tantos días que empecé a desinfectarlo. Hace 7. ¿O hace 8, cuando me asustó la cifra de muertos de Italia? ¿O me relajé cuando China anunció el día de contagio 0?

Cuántos habrá, además, que prefieren no desinfectar el celular porque podría arruinarse y quedar incomunicado es una posibilidad inmediata que, también, da mucho miedo.

1 2 3. Es tan fácil como el abecedario.

Acaba de entrar a mi teléfono el mensaje de una amiga. Me dice: pasamos la barrera de 100 infectados pero no dicen que son 21 los curados y si a eso le sumanos los tres muertos, ¿no serían menos?

Menos. Desear menos.

Entra otro mensaje. Esto recién empieza, anuncia. Estas medidas no van a hacer bajar los números, los van a contener.

Mi edad, pienso. Si esto no termina pronto, voy a entrar en esa columna donde ya se está en grupo de riesgo por años vividos (creo que no tengo comorbilidades, pero eso puede durar lo que dura la salud, que puede ser poco. O puede ser mucho, como el proverbial tío que fumó 2 atados de 20 durante 80 años y murió a los 89 atropellado por una moto). Busco un estudio sobre casos chinos (ahora me suena en la cabeza la expresión “tasas chinas” y en rato la canción “Tazas de té chino”). 0-9 años: 0%. 10-19: 0,2%. 20-29: 0,2%. 30-39: 0,2%. 40-49: 0,4%. 50-59: 1,3%. 60-69: 3,6%. 70-79: 8%. 80 o más: 14,8%. ¿0,4 es mucho o es poco? Necesito saber si esto puede cambiar o está escrito en piedra. Encuentro 10 artículos con porcentajes diferentes y que me explican precisiones de la estadística que no entiendo. Además debe depender del paciente, supongo, como siempre, como en cada caso, uno por uno. En la televisión, un experto dice que se cuenta mal. Que tiene más letalidad que la gripe. Otro le dice que no. También fue presentado como experto. No quieren pelear, para llevar tranquilidad, pero no están de acuerdo.

Yo no sé dividir por dos cifras. Podría tomarme estos días para aprender, me digo. Sucede que no puedo concentrarme. Sucede que no quiero ser lo que (también) soy: un número.

Episodio 2: Biblioteca personal del Apocalipsis

El pasado 8 de marzo, una fecha que parece ridícula por lejana, en otro tiempo y en otro mundo, Stephen King tuiteó: “No. El coronavirus no es como The Stand. No es ni de cerca tan grave. Se sobrevive. Mantengan la calma y tomen todas las precauciones razonables”. Esto lo escribió antes de las cuarentenas, los miles de muertos en Italia y España, las reacciones tan criticadas de Bolsonaro, Trump y Johnson. Pero no lo escribió, como le respondieron algunos, por creerse importante o considerar que, como autor de un libro acerca de una pandemia, debía opinar. Sucedía que en la prensa se comparaba a esta pandemia con The Stand (en castellano la novela se tradujo como La danza de la muerte y también como Apocalipsis –este fue además el título de la segunda edición aumentada; sí, es complicado, por eso es preferible llamarla The Stand) y es entendible que el autor, después de leer diez artículos y sus réplicas, haya dicho “ey, no, yo no predije esto ni lo que sucede se parece a mi ficción”. Tiene razón. En la novela, se “escapa” un arma biológica en forma de virus desarrollada en un laboratorio en el desierto de Mojave. En realidad el que se escapa es Charlie Campion, un trabajador de la base militar, al darse cuenta de que el virus estaba fuera de control. Escapa a Texas con su mujer y su hija, los tres infectados, y allí mueren. Ahí arranca la novela. El virus-arma elimina en menos de un mes al 99,4% por ciento de la población mundial. Tiene un nombre casi simpático: Capitán Trotamundos. Su nombre formal es Proyecto azul. Es imparable porque, al ser diseñado como un arma biológica, no deja de mutar. No se hizo vacuna antes porque la idea era justamente esa: que fuese escurridizo, invencible y letal. Por supuesto, no hay vacuna después porque no queda quien tenga conocimientos para hacerla –y además no hace falta, porque los vivos son todos inmunes.
 
The Stand es una novela muy extensa, la más larga de King hasta ese momento (se publicó en 1978) y sigue al puñado de sobrevivientes norteamericanos –el resto del mundo muere de golpe en un solo y breve capítulo– mientras se configuran dos grupos: los que van hacia Madre Abigail, una anciana negra de 108 años, y los que van hacia Randall Flagg en La Vegas. Madre Abigail es buena, aunque a veces peca de soberbia; con un grupo de sobrevivientes forma una comunidad, la Zona Libre de Boulder, en Colorado. Flagg es un psicópata no del todo humano –puede transformarse en animales: es quizá un demonio– que se estoquea de armas nucleares.
 
Hay muchas novelas sobre el fin del mundo, muchas distopías postapocalípticas. The Stand es de las más famosas porque es de Stephen King y porque es adictiva. Y porque los personajes crecen y se vuelven compañeros y tan reales a pesar de la dicotomía bien-mal un poco rígida.
 
Como King, tengo que apuntar que el escenario de The Stand es incomparable con esta pandemia: la mayoría de los afectados, hoy, tienen un síndrome respiratorio tratable. Pero entre muchos amigos y contactos de redes sociales salir a la calle se siente como ir a la guerra. Uno de los memes que más circulan estos días tiene a Will Smith en la película Soy leyenda como protagonista. Se ve al actor con un arma cruzando una urbe desolada acompañado de su perra –en otros, porque hay muchos, está en un supermercado con su carrito, entre góndolas vacías–. Soy leyenda se basa en la novela de Richard Matheson de 1945: el protagonista, Robert Neville, sobrevive a una pandemia que transforma a la humanidad en vampiros-zombies. En su encierro, Neville investiga la bacteria (en este caso no es un virus) y de día se dedica a salir a clavar estacas en el corazón de los infectados. Will Smith, como Stephen King, ya pidió públicamente que no se compare la película con la pandemia o, más bien, salió a desautorizar el meme: “Aunque parezca divertido comparar lo real con la ficción, la pandemia que vive el mundo actualmente es un problema serio”, dijo. También aseguró que se sentía responsable por parte de la desinformación, lo cual es quizá darse demasiada importancia. El personaje de Smith en la película tiene algunas diferencias con el de la novela: es virólogo (Neville es autodidacta) y lo acompaña su mascota (Neville está absolutamente solo).
 
The Stand y Soy leyenda son novelas postapocalípticas y de horror. En nada se parecen a nuestro presente y en nada se parecerán a nuestro futuro después de la pandemia que estamos atravesando, pero por algo se nombraron tanto y por algo la mayor parte de los chistes y las comparaciones y el humor negro se refieren al fin del mundo, de la civilización, de la especie humana. Por algo nos comportamos como si el virus flotara en el aire cada vez que salimos. El miedo real, la ansiedad que fragiliza, es quizá mucho menos espectacular, más cercana y más terrible. Alexandra Kohan, la psicoanalista y escritora, tuiteó hace unos días: “lo tremendo es la sensación de inminencia”. Y es exactamente eso: la espera. El pico. Se viene el pico. ¿Cuándo se viene el pico? ¿Cuáles van a ser los peores días? También el miedo a enfermar y soportar la severidad del protocolo: aguantar en casa hasta que los síntomas se compliquen y, si eso ocurre, ser internado, aislado, hasta curarse o morir. El terror a morir solo y a no despedirse se ha agudizado de una manera atroz, como si morir acompañado, en la cama propia y rodeado de la familia no fuese algo muy poco común y una imagen muy romantizada. Pienso en los ahogados en el Mediterráneo, los aplastados en terremotos, los ahogados en tsunamis, los muertos en accidentes de tránsito, las víctimas de la violencia de nuestro continente, y me digo que la regla de la muerte es la crueldad y la soledad. Estar en una cama con ayuda y la mirada amorosa de alguien querido es la excepción: la maravillosa excepción. Tenemos miedo, también, por los argentinos que no pueden aislarse con facilidad, que no viven con comodidades mínimas, que necesitan trabajar, que no tienen agua potable y escuchan que es elemental que se laven las manos, y desesperan. Si todo se desborda sufrirán a esta cosa vil con un impacto brutal que, esperamos y confiamos en que –y otra vez la inminencia y la espera– se pueda contener.
 
Ese es el futuro que vemos venir y al que le tenemos miedo. Es raro cuando se hacen planes para el futuro o cuando se habla de “qué vamos a hacer cuando esto termine”. Divierte un rato pero deja una sensación de desasosiego. Aparece lo inminente en su peor escenario: el desborde y la incertidumbre, la imposibilidad de contención, esos médicos que lloran en Europa, los enfermos en los pasillos. Conocemos la pesadilla y la repetimos tantas veces que pensarla se vuelve un vacío negro. La escritora y editora Marina Yuszczuk escribía hace unos días en Twitter: “Lo doloroso es que esto no es pensable: es un agujero en el cerebro”. Creo lo mismo. Esto que escribo no es pensar, no del todo. No llega a eso. Es más superficial, es un resguardo contra la inminencia, es un escudo de papel.
 
No soy una especialista en literatura del postapocalipsis, lo que es raro en una lectora de género, pero la verdad es que nunca me resultó un subgénero atractivo. De hecho, The Stand debe ser uno de los libros que menos me gustan de Stephen King y Soy Leyenda me atrae más porque es de vampiros. Ninguno de los dos, además, plantea la inminencia, quizá lo más terrorífico (o eso me parece en estos días: no solo pienso poco, sino poco claro). En un repaso a mano alzada recuerdo que el texto que sí describe esa sensación de suspenso es El último hombre de Mary Shelley, publicado en 1816. Después de un largo prólogo en una novela llena de peripecias, los personajes Lionel y Adrian tratan de volver a sus vidas normales mientras la plaga se extiende por Europa. Hay noticias de un sol negro. Las tormentas provocan inundaciones. Al principio Inglaterra parece estar a salvo, pero pronto la plaga llega. Esa llegada, lenta, está narrada tan bien que el terror es tangible. El Lord Protector huye al norte y muere solo entre provisiones. La plaga sigue y sigue, incluso hay que repeler barcos que vienen de Estados Unidos: primero invaden Irlanda, luego cruzan. Tras más peripecias, un grupo parte en busca de una especie de Tierra Prometida, pero todos mueren. La sensación de “persecución” invisible es tan vívida que esta novela es mucho más cruel que otras, donde la muerte llega tan rápido y de manera tan definitiva que es casi piadosa.
 
Tengo que recordar, todo el tiempo, que esto, la pandemia de hoy, también pasará. Que esto no es la extinción. Tengo que repetirme que la gran mayoría de los enfermos no mueren de este virus. No entiendo por qué es tan difícil hacerlo.
 
Quizá me ayude pensar en fines de mundo hermosos. Como el de Vermillion Sands, la playa de verano pero sin mar que describió el escritor británico J.G. Ballard en su libro del mismo nombre, publicado en 1971. “Sands” quiere decir “arenas”: Ballard imaginó muchos fines de lo humano (mundos inundados, mundos secos), pero en general su paisaje favorito fue el desierto. “Vermillion Sands es como yo imagino que será el futuro”, escribía Ballard. “Es un sitio donde viviría feliz. Es un balneario desértico e hiperiluminado, un suburbio exótico de mi mente”. Ahí se agolpan algunos de los sobrevivientes a una catástrofe no descripta. Hay escultores de nubes, pilotos que con planeadores tallan caballos marinos, unicornios, retratos de actores y pájaros exóticos en el cielo. También hay estrellas de cine retiradas, herederas criminales, mujeres hermosas y locas que encargan estatuas cantantes y se enamoran de hombres misteriosos. Hay partes de Vermillion Sands que se están deteriorando como un parque de diversiones abandonado, y seguramente son las más hermosas: allí hay muchas casas psicotrópicas en las que ya nadie vive, mansiones que guardan los recuerdos de sus habitantes anteriores y reaccionan como ellos lo harían, retrayéndose, cambiando de color, de forma, de perspectiva y luz. También hay boutiques especializadas en biotelas: son ropas vivas, que bullen, ronronean, se asustan y desperezan, que se adaptan a los cuerpos si ellas quieren, pero pueden deshilacharse y descoserse si se alteran. Prendas delicadas y hermosas. Ya nadie usa ropas inertes en el futuro de Vermillion Sands, salvo algunos excéntricos. Pero es un buen lugar para terminar. Un lugar decadente, hermoso y demencial.
 
También recuerdo estos días ese hermoso capítulo de Crónicas marcianas que se llama “Vendrán lluvias suaves” donde una casa vacía e “inteligente” sigue con sus rutinas, sin sus habitantes en (apenas) 2026. “Las ocho y uno, tictac, las ocho y uno, a la escuela, al trabajo, rápido, rápido, las ocho y uno. Pero las puertas no se golpeaban, las alfombras no recibieron las suaves pisadas de los tacos de goma. Llovía afuera”. No puedo negar la belleza de los versos de Sara Teasdale que cita Bradbury en ese cuento: “Vendrán lluvias suaves y olores de la tierra / y golondrinas que girarán con resplandeciente sonido /, y ranas que en los estanques cantarán durante la noche, / y ciruelos salvajes de tembloroso blanco /, y petirrojos que vestirán plumas de fuego / y silbarán sus canciones en los alambres de las cercas; / y nadie sabrá que hay guerra, nadie / se preocupará del fin de la guerra. / A nadie le importará, ni a los pájaros ni a los árboles, / si la humanidad se destruye totalmente; / y la misma primavera, al despertarse al amanecer, / apenas sabrá que hemos desaparecido”. No niego su hermosura pero me rebela este poema. Me enoja. La poesía y la belleza no siempre tienen razón. En general cuestiono las ideaciones sobre el hombre como asesino de la Tierra y todas sus variantes, sobre todo hoy la estupidez de que el coronavirus es bueno para el medio ambiente. Los videos de los animales rondando las ciudades vacías son muy simpáticos pero también muy ominosos; lo que debe y tiene que pasar es que esas ciudades se vuelvan a llenar de gente. ¿Gente con mayor conciencia y mejor trato con un planeta al límite? Por supuesto. La crisis climática de nuestro planeta es real. Hay que tratar de detenerla. Pero esta no es una lección ni un castigo divino. El ambientalismo misántropo se convierte muy rápido en pensamiento ecofascista. Vendrán lluvias suaves, sí. Y las recibiremos con paraguas y puteadas, baldosas flojas y goteras.

Episodio 3: Miedo a perder la cabeza

Anne Sexton tiene, en fotos, esa belleza de las divas de los años cincuenta, el pelo oscuro, la palidez, el cigarrillo, el lunar, los ojos de gata, Elizabeth Taylor poeta. Una mujer de la costa este de los Estados Unidos, fantástica, con sus camisas blancas y elegantes vestidos de tela estampada, sentada en jardines de Boston. En las fotos no se ve su depresión posparto, sus intentos de suicidio, su intoxicación final y voluntaria por monóxido de carbono dentro de su propio auto.
 
Estos días me rondan los versos de Sexton de uno de sus poemas más citados, “For the year of the insane”, que traduzco chapuceramente como “Para el año del insano” (o “del loco”, porque de eso habla, de estar loca). Dice: “Mi cuerpo es inútil. / Yace, acurrucado como un perro, sobre la alfombra. / Se ha rendido. / (…) / Estoy en mi propia mente. / Estoy encerrada en la casa equivocada”.
 
La depresión y su amiga íntima, la ansiedad, son los carceleros de esta casa equivocada. En la depresión el encierro es constante. La vida de los demás ocurre y el depresivo la observa detrás de las rejas de su parálisis, hundido en la cama, en el sillón, en la ropa que no se cambia, desde los mismos ojos que arden siempre. La depresión se parece un poco a este confinamiento, solo que, por lo general, el mundo no se derrumba de verdad al mismo tiempo. La diferencia es que, en general, el derrumbe personal no está acompañado por el colapso del mundo entero.
 
No quiero confesar de más. Estoy harta de los diarios de cuarentena. Solo quiero decir que, cuando escucho “el confinamiento produce ansiedad, depresión, angustia, eventualmente estrés postraumático”, nada me suena novedoso.
 
Una vez me dijeron que en los aviones hay que estar siempre tranquilo, porque los accidentes son muy raros, muchísimo más excepcionales que los accidentes viales o incluso que los caseros. Solo hay que preocuparse, me explicaron, si el personal de a bordo se asusta. Chequeo a psicólogos, psiquiatras y psicoanalistas que conozco en redes sociales. Hay una, española, que parece de lo más equilibrada. Da pequeñas charlas-consejos, siempre desde un ambiente distinto de su casa, en vivos de IG. ¿Vive en un castillo? ¿En una mansión de Cadaqués? ¿Rompe la cuarentena? La vi de espaldas a un ventanal fabuloso desde donde el atardecer creaba un cielo azul Klein cortado de ramas de árboles; ella decía que ver la caída del sol le daba esperanza o gratitud o algo por el estilo. Joder: pues a mí también me lo daría, tía, poder tener esos pisos de madera eslovena, esa gracia para estar con el pelo bárbaro, ni muy despeinado ni demasiado producido, una perfecta cola de caballo de quedarse en casa. Yo me estoy quedando pelada, el estrés me hace perder el pelo. Bueno: si muero a quién le importa, si sobrevivo me raparé como Sinéad y además no entiendo a ninguna de las personas preocupadas por el pelo. El pelo y el pan, el pelo y el pan.
 
Soñar con la caída del pelo, dicen, es un sueño de muerte.
 
La española me pareció poco seria.
 
Busqué a otros que conozco. Los leo muy angustiados. Algunos cuentan que lloran. Pienso en las azafatas: si los profesionales de la salud mental están así, se aproxima el desastre. No hablo de la pandemia, no soy epidemióloga ni puedo adivinar el futuro y además ese desastre ya pasa. Hablo de salud mental. Si ellos pierden la cabeza, yo voy a perderla sin duda. Recuerdo mis primeros viajes en avión, cuando las turbulencias me hacían llorar y, si el pasajero de al lado me decía “quedate tranquila” y esbozaba una explicación técnica, yo le gritaba “qué dice, todos moriremos”.
 
Después se me fue el miedo al avión e incluso pasé sin pánicos algunos problemas técnicos más o menos serios en varios vuelos.
 
Ahora mi mente grita todos moriremos.
 
Ahora estoy segura de que jamás volveré a viajar en avión.

***


Mis primeros años pasaron al lado de mi abuela. Ella no salía de su casa. Ahora llamaríamos a su trastorno agorafobia, pero hace cuarenta años era solamente una excéntrica. Aducía razones para no salir que no vienen al caso, algunas atendibles. Tenía una palidez impresionante y siempre estaba sentada en un sillón al lado de un teléfono negro. Tenía un jardín hermoso, con plantas y duraznero y limonero, pero no la recuerdo afuera. Salía, estoy segura, porque cuidaba a sus canarios, pero yo no conservo esa imagen. Sí la recuerdo en un galpón donde guardaba revistas sobre la realeza europea: estaba enamorada del Príncipe de Mónaco y en consecuencia odiaba a Grace Kelly. Era bonita y lo ponía en práctica una vez por mes cuando iba a cobrar la jubilación: anteojos como de estrella de cine en el sur de Francia, los anillos, el perfume importado que guardaba en el cajón, la tintura recién hecha, la melenita le brillaba bajo el sol suburbano. Iba y venía caminando. Nunca tenía un ataque de pánico en ese tránsito, era su “permitido”.
 
Crecer con ella fue muy divertido, porque tenía una imaginación alocada, y también muy triste, porque estaba deprimida y su fobia no diagnosticada la confundía y nos confundía. Su hermana, contaba, se había suicidado en el campo. Decía que por un marido violento, pero lo dudo. Las versiones hablan de que se colgó de un árbol y de que usó veneno de ratas al mismo tiempo, para que nada pudiera fallar. Como Kurt Cobain, que se pegó un tiro y alcanzó, antes, a administrarse una sobredosis de heroína. El hermano de mi abuela murió borracho en un zanjón.
 
El encierro y la depresión están en mi familia y ahora se refuerzan a escala global. Qué puede salir mal.
 

***


Vamos a salir todos locos, me dice una amiga. Ella acaba de pasarle lavandina a todas las verduras y ahora tiene miedo de haberlo hecho en exceso; teme que comer esas verduras, para ella y su familia, termine en intoxicación. Arruinó la compra y también su salida semanal, que le da terror. Tengo miedo de perder la cabeza, insiste. Ni bien termine esto empiezo terapia. Después llora porque no se imagina cuándo puede “terminar esto”. Otra me dice que fantasea con no salir nunca. Por supuesto tiene terraza y caserón, reconoce su fortuna, pero no se refiere a eso sino al refugio de la posición fetal, a cierta comodidad mental del encierro y de poner un portón entre ella y el vivir afuera. Con otras hablamos de sueños. Todos son pesadillas. Yo siempre tengo pesadillas así que eso no me preocupa: mucho más me preocupa la cuestión de las recetas de ansiolíticos, que cuando escribo esto aún no se aceptan en las farmacias con una foto, como todo el resto de los medicamentos. ¿Cuánta gente hay sin su medicación? ¿Por qué no se habla de esto? ¿Qué pasaría si se suspendieran los remedios para otras enfermedades? ¿Por qué no se puede pensar en la depresión como una enfermedad mortal que muchas veces termina con la muerte? En esta excepción pandémica, pienso, la muerte importa tanto que al mismo tiempo deja de importar.
 
En los sueños compartidos en redes aparecen muchos muertos, abuelos, padres, hermanos, amigos, exnovios.
 
Leo a alguien que cuenta: en su vida normal (ese “antes” que todos nombramos de diferentes maneras) llegó a lavarse las manos hasta hacerlas sangrar. No lo dice, pero tiene un trastorno obsesivo compulsivo. No volví a leerla ni recuerdo su nombre, está perdida entre las personas con problemas de salud mental que asoman con timidez en las conversaciones virtuales porque parecen tan menores entre los respiradores, los ancianos haciendo cola de noche para cobrar su jubilación, las discusiones sobre los test, la edad de los fallecidos, la madre en edad de riesgo que dice, del otro lado del teléfono, que tiene fiebre.
 

***


No sé qué decir cuando me preguntan cómo estoy y eso es todo lo que me preguntan.

Tomé un test online –lo armaron CONICET y Fundación Favaloro y más instituciones serias, no es una pavada de encuesta de Twitter– porque busco respuestas o confirmaciones o alguna tranquilidad.
 
Hay muchas secciones. Una pregunta: ¿Con qué frecuencia te pasaron estas cosas? La graduación va de “nunca” a “todos los días”. Las opciones son: Sentirse ansioso todos los días. Dificultad de concentración. Preocuparse demasiado por diferentes cosas. Sentir miedo como si algo terrible fuese a suceder. Sentirse deprimido o desesperanzado. Tener pensamientos de que estarías mejor muerto. Moverse o hablar más lentamente. Sentirse mal con uno mismo o que le fallaste a la familia. Dificultad para dormir. No poder controlar la situación.
 
A todas les puse “todos los días” es decir, grado máximo.
 
Lo terminé, cliqueé aceptar y la respuesta fue: “¡Gracias! ¡Tu respuesta nos es de mucha ayuda en este relevamiento!”.
 
Me alegra haber contribuido a su estudio preliminar pero les advierto: no se puede dejar en suspenso a un ansioso que busca poder determinar su grado de locura. Ni siquiera me importa si la respuesta es: estás perdiendo la cabeza. Ya lo sé. No sería la primera vez. Me da miedo que ocurra al mismo tiempo que todo el mundo: recuerdo a las azafatas. Y a Anne Sexton, en otro poema, “The Fury of Sunsets”, la furia de los atardeceres. “Podría comerme el cielo como una manzana / pero en cambio le preguntaría a la primera estrella / ¿por qué estoy aquí? / ¿por qué vivimos en esta casa? / ¿quién es responsable?”.

Acerca de Mariana Enriquez

Mariana Enriquez nació en 1973 en Buenos Aires. Es licenciada en Periodismo y Comunicación Social, subeditora del suplemento Radar del diario Pagina/12 y docente en la Universidad Nacional de La Plata. Publicó las novelas Bajar es lo peor (Espasa Calpe, 1995- Galerna, 2013), Cómo desaparecer completamente (Emecé, 2004) y Este es el mar (Random House, 2017), las colecciones de cuentos Los peligros de fumar en la cama (Emecé, 2009-Anagrama 2017), y Las cosas que perdimos en el fuego (Anagrama, 2016), la nouvelle Chicos que vuelven (Eduvim, 2010), los relatos de viajes Alguien camina sobre tu tumba. Mis viajes a cementerios (Galerna, 2013), el perfil La hermana menor. Un retrato de Silvina Ocampo (Ediciones UDP, Chile, 2014) y el libro ilustrado Ese verano a oscuras (Páginas de espuma). Su libro Las cosas que perdimos en el fuego fue traducido a 22 idiomas y recibió el premio Ciutat de Barcelona a mejor obra en lengua castellana. En noviembre de 2019 su novela Nuestra parte de noche recibió el Premio Herralde.

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