Otra mirada florida de Flores

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Un equipo de arquitectos se propone analizar los procesos de transformación en la tradicional comuna porteña en pos de mejorar su calidad de vida social y ambiental.

Zona de quintas de fin de semana, bastión de la clase media porteña, usina de leyendas tangueras, foco de comercio informal, destino de inmigrantes asiáticos y latinoamericanos. A lo largo de sus más de doscientos años de historia, Flores experimentó innumerables procesos de transformación que se prolongan, incluso hasta la actualidad. Hoy son varios los rostros –muchas veces en conflicto– que presenta este barrio, enclavado en el centro geográfico de la Ciudad de Buenos Aires. Con el objetivo de optimizar el valor socio-territorial de la comuna y mejorar la calidad de vida vecinal, un grupo de arquitectos de la Universidad de Flores estudia estos matices que pueblan el barrio a través de su paisaje urbano cultural.

El proyecto, encabezado por Guillermo Tella y Laura Corbalán Vieiro, ambos investigadores de la UFLO, tiene como acciones específicas identificar sectores degradados, analizar sus condiciones sociales, ambientales y económicas, y generar estrategias que tiendan a la integración mediante pautas de sustentabilidad y confort. “El compromiso es con la comunidad”, señala Tella, director de la investigación.

– ¿Cómo se define un paisaje urbano cultural?
–El paisaje urbano es la conformación de espacios públicos y privados en permanente diálogo. La ciudad se conforma por un conjunto de espacios privativos que se vinculan hacia un espacio urbano, es decir, a un espacio de todos. Esta conjugación morfológica, pero también ambiental, social y cultural, se conforma como un escenario sobre el cual se puede empezar a diseccionar categorías de análisis y saber cuáles son sus rasgos fuertes y débiles. Es un fragmento de ciudad que se recorta para examinar la relación de esos componentes, algunos fijos y otros dinámicos.

–¿De qué forma fue variando ese espacio en el barrio de Flores?
–La inmigración, el comercio, los talleres clandestinos y la prostitución son elementos que forman parte del paisaje actual. Flores nació en las primeras décadas del siglo XIX como un pueblo de estancias de fin de semana. Era considerado extrarradio, la ciudad no llegaba hasta allí. Estaba lejos de la adrenalina del centro, que llegaba sólo hasta Once. Ese papel Flores lo perdió y fue incorporando otros que quizás en el futuro vayan modificándose. Hoy encontramos a Flores en una situación de jaque, tensionada por distintos procesos. La inauguración de la estación de subte San Pedrito le da mayor accesibilidad y cercanía al centro. Es un área de transferencia multimodal: uno se baja del colectivo y se sube al subte. Toda la dinámica comercial, gastronómica y cultural alrededor de la plaza se ve potenciada por estos cambios.

–¿Cuáles serían los elementos que tensionan el paisaje?
–Por ejemplo, todo el eje de la avenida Avellaneda a partir de la irrupción de la industria textil, con indumentaria que se produce en muchos talleres de alrededor. Esa actividad avanza fuertemente. Simultáneamente, hay un entorno residencial de sectores medios y bajos. La villa 1-11-14 tiene, de alguna manera, relación con el eje de Avellaneda, lo mismo que toda la dinámica textil de Once. Es un eje muy potente, donde, además de la transformación de casas en talleres de confección con distinto grado de informalidad, también han irrumpido fenómenos como la galponización: se compra una propiedad, se demuele y se construye un galpón para stockear mercadería. Se produce, se almacena y se comercializa ropa cada vez más, lo que trae, además de la informalidad económica, una conjunción de colectividades que aportan a ese servicio, y trae público de distintos lugares. Transitar por los alrededores de Avellaneda se torna complicado por la cantidad de micros que circulan, lo que genera una dinámica muy compleja.

–¿Puede mencionar otro ejemplo?
–El otro de los ejes que se estructura en la comuna tiene que ver la 1-11-14, que es un asentamiento de complejidad muy creciente donde se ha intentado intervenir y abrir ese tejido social urbano tan compacto, pero es un largo proceso. En su momento, los asentamientos informales eran lugares de alojamiento de sectores populares, que con autoconstrucción iban resolviendo su problema habitacional como podían. Hoy, si bien persisten algunos sectores populares empleados informalmente, también hay otro sector que se dedica a la producción y distribución de la pasta base de cocaína, que altera el ritmo del asentamiento. Es un tema sumamente complejo que requiere una mirada interpretativa.

–¿Cuál es el papel del espacio público en este entramado?
–El espacio público es el lugar donde se expresan, se manifiestan y se dirimen muchos de estos conflictos, como puede ser el interior de la villa o el eje de la avenida Avellaneda. Hay unas lógicas propias que se pueden empezar a decodificar. El espacio público no sólo es el escenario, el soporte de esas prácticas, sino también el contenedor para que estas relaciones se manifiesten. Lejos de tener un papel pasivo tiene una dinámica muy activa, facilitando que todas estas cuestiones se produzcan. Intervenir en el espacio público va a permitir reconducir algunas de estas prácticas porque vemos el protagonismo que tienen.

–¿Cómo interviene el proyecto en este escenario?
–Hay un primer esfuerzo destinado a entender cómo se organiza y cuáles son sus redes, sus lazos sociales, territoriales y culturales. En principio, nuestra idea es establecer una mirada descriptiva y luego interpretativa de cómo es este fenómeno que configura el paisaje. Después de intentar explicar cómo se arma, pasaremos a una fase de recomendaciones para la acción que devengan en políticas de integración. Se trata de una investigación que no sólo busca entender el fenómeno, sino que propone acciones concretas para intervenir.

–¿Qué actividades realizan hasta el momento?
–Hicimos un gran relevamiento de campo. Recorrimos y sacamos fotos para entender cuáles son las áreas con cierta homogeneidad social y urbana. Contrastamos con información cartográfica, con datos censales de 2010 y con la Encuesta Permanente de Hogares (EPH). También hicimos algunas entrevistas con referentes claves que nos dieron información, más alguna lectura de autores relacionados con el tema.

–¿Arribaron a algunas conclusiones, al menos parciales?
–Vemos que estas áreas, identificadas como la 1-11-14 o la zona de Carabobo, con las comunidades coreana, boliviana y paraguaya tienen una correlación muy sensible con el avance del eje de la avenida Avellaneda, por la provisión de mano de obra o por ciertos procesos de esclavitud, sumado a situaciones de prostitución por parte de inmigrantes dominicanas. Empezamos a ver cómo estos fenómenos aislados tienen una articulación interna en el barrio, pero también sus conexiones externas como los ejes de La Salada y de Once. Vemos que hay una fuerte red entre comunidades y territorios.

–¿Cuáles son los pasos a seguir del proyecto?
–La clave de toda investigación es precisar el problema. Estamos en esa fase y, una vez que lo podamos resolver, el desafío siguiente será generar una propuesta que ofrezca una cartera de proyectos a la gestión pública. El compromiso es con la comunidad de Flores, por lo que nuestra idea es compartir estos resultados con distintos actores, como comerciantes y sociedades de fomento, para ponerlos en discusión.

Departamento de Prensa
hernan.cortes@uflo.edu.ar

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