Venezolanos

Tienen las pestañas quemadas de estar frente al televisor, permanecen atentos al celular y pendientes de alguna llamada que para ellos pueda sonar como un trueno en el medio de la noche. Esa distancia de casi 5.000 kilómetros que separan a Venezuela de la Argentina parece mucho más extensa para quienes tuvieron que abandonar su país y dejar a su familia.

Las historias de Angélica Montilla y Alberto Vene, dos venezolanos que emigraron en busca de un mejor porvenir, no están atravesadas por banderas políticas pero si por la lucha incansable de cualquier inmigrante que llega a otra nación con una mano atrás y otra adelante ante una situación que se tornaba insostenible.

Este diario conoció la historia de estos dos venezolanos que llegaron a la Argentina: ella es abogada y apuesta a la música en las plazas, mientras que él es ingeniero y trabaja en el comedor del club Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires (GEBA).

“Dejé todo. Me fui por la situación económica y política. En mi país, tengo una empresa de ingeniería para el hogar y tuve que despedir a 25 empleados; quedamos mi mujer y yo. Elegí la Argentina por la solidaridad de la gente“, asegura Alberto, quien decidió regresar a Venezuela por unos días para estar con su familia en la ciudad de Maracay, a 110 kilómetros de Caracas.

El viaje de Alberto con su hijo Javier, quien también es ingeniero pero trabaja alquilando equipos médicos, culminó en un departamento alquilado en la localidad bonaerense de Santos Lugares, donde está instalado desde el año pasado.

Pese a dejar a su familia –la mujer y su hija quedaron en Venezuela para cuidar la casa en la que viven-, destaca a la Argentina por su “nivel de ciudadanía y porque pasó situaciones terribles y salió a flote”.

Con la idea de volver

A pesar de la situación que vive su país, donde ya se registraron 26 muertos por la creciente tensión entre los bandos chavistas y opositores, piensa volver en un futuro a Venezuela. Esa misma idea reina en la cabeza de Angélica, quien admite que nunca pensó que se iba a tener que ir de Venezuela, donde tenía una importadora, y que considera a la Argentina como su segunda casa.

Así y todo, esta venezolana que es abogada y que estaba realizando una especialización en derecho marítimo que tuvo que interrumpir, pudo reencontrarse con su yo artístico. Es que su historia como inmigrante la llevó a componer y cantar canciones sobre lo que le sucede a esas personas que abandonan sus pagos por fuerza mayor.

Es más: “Angie”, como la llaman sus amigos, toca habitualmente en Plaza de Mayo, en el Patio de los Inmigrantes, en subtes y bares, en el Konex, anda por las calles del barrio porteño de San Telmo y en el Parque Chacabuco de la ciudad de Buenos Aires. Además, junto a otros venezolanos que se encuentran en el país, crearon el primer grupo de gaita en Argentina.

En relación a los motivos que los llevaron a abandonar Venezuela, cada uno tiene sus fundamentos. En el caso de Alberto, el tema de la inflación fue determinante para su aventura a la Argentina, mientras que lo de Angélica, quien vino al país con su marido, fue por la inseguridad y la salud.

Es que “Angie” perdió a su tía por las condiciones sanitarias del hospital en el que se encontraba –contrajo un virus- y también sufrió la muerte de un amigo que fue asesinado por un delincuente que le intentó robar el arma reglamentaria con la que trabajaba.

Dada la creciente tensión en Venezuela, fueron días complejos para “Angie” y Alberto. Las noticias sobre las víctimas hacían que los celulares se convirtieran en un órgano más del cuerpo. Las familias de ambos los mantienen informados sobre los episodios que ocurren en su país.

A pesar de las dificultades, la mirada de Montilla cambió con el pasar de los meses en la Argentina: “Es difícil, si te volvés adicto a las noticias no estás acá ni allá. Estoy pendiente pero llega un momento en el que no podés estar pendiente todo el tiempo. No te hace mucho bien”.

Sobre los relatos de sus familiares desde Venezuela, explica: “Me hablan de la anarquía, el que sufre es el que está en el medio por el choque de bandos. El ciudadano común es el que padece”.

Según la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur), entre 4.000 y 5.000 ciudadanos venezolanos emigran diariamente. En el caso de “Angie” y Alberto fueron recibidos con los brazos abiertos por la Argentina, donde aseguran estar muy cómodos.

Sin embargo, no dejan de pensar ni un instante en retomar sus sueños al lado de sus seres queridos y en su amada Venezuela, a la espera de que el destino los vuelva a depositar en la tierra que alguna vez les prometieron.

Pero no todos, porque un alto porcentajes de hombres y muchachos que pisaron nuestra tierra en búsqueda de mejores condiciones económicas pudieron expresar su libertad sexual (disidente de la hegemónica y reprimida en Venezuela por un machismo atroz). Acá encontraron libertad para poder desplegar su homosexualidad, en muchos casos, sin obstáculos; lo que hace que puedan casarse, formar parejas y vivir en libertad, cosa que en Venezuela no pueden hacer. Y, la verdad, en muchos casos, hasta que las cosas no cambien, encariñados con los muchachos argentinos, no piensan en volver. «Volver es como levantar una montaña», me dijo un venezolano que nadie hubiese creído que es gay si no lo gritaba a los 4 vientos. «Es que allá todo tiene que ser muy reprimido, muy tapado. No hay nada como la libertad que se vive en la Argentina, un país maravilloso», sentencia el joven de 21 años que tiene sexo con otros jóvenes y hombres mayores cuando se le presenta la ocasión. «Y acá, si uno quiere, son muchas. Todos los días estoy con uno distinto», dice con satisfacción, dejando ver sus dientes blancos, parejos y con brackets.

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